Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Mes: junio 2026

  • El discurso que no cabía en tres minutos

    El discurso que no cabía en tres minutos

    Hay despedidas que no caben en el tiempo que te dan.

    Y no es que una despedida necesite demasiadas palabras para llevarse a cabo, es solo que a veces lo vivido pesa más de lo que cabe en un discurso institucional. Uno se sienta a escribir pensando que va a decir algo breve, bonito, con alma… y de pronto descubre que tiene delante casi seis folios.

    Eso me pasó con unas palabras para la graduación de mis anacletos y anacletas el viernes pasado.

    Quería despedir a ese grupo con el que había compartido algo más que clases. Un grupo al que había visto crecer, equivocarse, reír, cansarse, volver a intentarlo. Quería decirles muchas cosas. Quizá demasiadas. Quería recordarles lo vivido, agradecerles el camino, dejarles alguna brújula por si algún día la necesitaban.

    Pero una gala no es un libro. Ni una tutoría. Ni una conversación larga de pasillo. Así que imprimí la versión original del discurso y se la entregué en mano a cada personita…

    Y para el acto oficial el discurso fue menguando. De cinco folios pasó a una versión más corta. Una que habría dado para un buen mensaje, redondo, completo, consistente… y condensado en unos 6-7 minutos de expresión oral.

    Sin embargo, la misma mañana de la graduación llegó la frase que ordenó todo:

    “Tres minutos”.

    Al principio da rabia. Porque uno siente que hay cosas importantes que se van a quedar fuera. Pero luego, si lo miras con calma, quizá ocurre algo valioso: cuando no puedes decirlo todo, tienes que preguntarte qué merece quedarse.

    Y al final, le pude meter hasta un toque de humor y todo.\

    No obstante, aquí voy a transcribir esa versión anterior, el resumen de la carta entregada en mano… y lo que podría haber sido mi discurso de despedida en la graduación de un grupo que ha supuesto un punto de inflexión en mi forma de ver la educación, y la vida. 

    Preámbulo sobre luz y encogimiento.

    Antes de dedicarles mis palabras, quise leerles un fragmento inspirado en Marianne Williamson. Un texto que había oído ya en la película Coach Carter y con el que me reencontré hace unos meses leyendo El coraje de ser.

    Venía a decir algo así:

    Que quizá nuestro miedo más profundo no sea no estar a la altura.
    Quizá lo que más nos asusta es descubrir que tenemos más luz, más fuerza y más capacidad de la que nos atrevemos a reconocer.

    Que a veces nos preguntamos quiénes somos para brillar, para mostrarnos, para ocupar nuestro lugar con honestidad.

    Pero tal vez la pregunta debería ser justo la contraria:

    ¿Quiénes somos para no hacerlo?

    Porque nuestro empequeñecimiento no sirve al mundo. No hay demasiada sabiduría en encogerse para que otras personas no se sientan incómodas cerca de nosotros.

    Estamos llamados a brillar, de algún modo. Como brillan los niños cuando todavía no han aprendido a pedir perdón por su propia luz.

    Y cuando dejamos que esa luz aparezca, cuando nos permitimos vivir con un poco más de verdad, de presencia y de valentía, sin saberlo también damos permiso a otras personas para hacer lo mismo.

    Al liberarnos de algunos de nuestros miedos, nuestra presencia puede liberar algo en los demás.

    Me pareció una buena forma de empezar.

    Porque, en el fondo, lo que quería decirles después iba un poco de eso: de no empequeñecerse. De no vivir pidiendo perdón por existir. De no confundir humildad con apagarse.

    Y de aprender a caminar sin tener que demostrar constantemente que merecen estar aquí.

    Cuando una etapa se cierra

    Graduarse no es simplemente terminar.

    No es pasar una página como si nada hubiera ocurrido. Es mirar un poco hacia atrás y reconocer el camino hecho: las clases, los exámenes, los madrugones, las amistades, los nervios, los enfados, las dudas, las conversaciones de pasillo y todos esos esfuerzos silenciosos que casi nadie vio del todo.

    También es aceptar que algo ha cambiado.

    Que ya no eres exactamente la misma persona que entró por primera vez por la puerta del centro. Que algo en ti ha crecido, aunque no siempre se note. Que hay aprendizajes que no aparecen en ningún boletín, pero se quedan dentro.

    Y entonces llega ese momento extraño: cierras una puerta y empiezas a intuir otras.

    Otras etapas. Otras decisiones. Otras formas de estar en el mundo.

    Da respeto, claro. Salir, elegir, equivocarse, empezar de nuevo, cambiar de rumbo… todo eso da miedo. Pero que algo dé miedo no significa que esté mal. A veces significa, simplemente, que importa.

    No tienes que demostrar que vales

    Si tuviera que quedarme con una sola idea, sería esta:

    No gastes tu vida intentando demostrar que vales.

    Ya vales.

    No por la nota que saques.
    No por la carrera que elijas.
    No por lo mucho que impresiones a nadie.
    No por convertirte en una versión espectacular, impecable o rentable de ti.

    Tu valor está antes que cualquier resultado.

    Está en tu capacidad de amar y de dejarte amar. En lo que cuidas. En lo que intentas. En cómo tratas a quienes se cruzan contigo. En cómo te tratas cuando fallas, cuando dudas, cuando no sabes muy bien por dónde seguir.

    Esto no significa que el esfuerzo no importe. Claro que importa. El tema está en que el esfuerzo no debería nacer del miedo a no ser suficiente.

    Porque cuando una persona vive intentando demostrar constantemente su valor, acaba agotada. Siempre falta algo. Siempre hay otra comparación, otro logro, otra expectativa, otra mirada ajena esperando sentencia.

    Y no. La vida no debería convertirse en una defensa permanente de tu propia existencia.

    Hay algo profundamente liberador en recordar que no tienes que ganarte el derecho a ser querido… ¿no crees?

    Caminar con raíces y alas

    Por otra parte, ojalá aprendas a caminar con pasos firmes, pero livianos.

    Firmes, para no olvidar quién eres. Para reconocer qué valores te sostienen. Para saber qué cosas no quieres negociar y qué tipo de persona quieres ser cuando nadie te mira.

    Livianos, para permitirte cambiar. Para aprender. Para equivocarte. Para adaptarte cuando la vida no salga como la habías imaginado.

    Porque si caminas demasiado rígido, el mundo puede romperte.
    Y si caminas sin raíz alguna, el mundo puede doblarte.

    Ahí está el equilibrio difícil.

    Tener criterio sin volverse piedra.
    Ser flexible sin convertirse en hoja arrastrada por cualquier viento.
    Saber escuchar sin perder la propia voz.
    Poder cambiar de camino sin sentir que has fracasado.

    A veces pensamos que encontrar nuestro lugar significa acertar pronto. Elegir bien a la primera. Tener claro qué estudiar, qué hacer, con quién caminar, en qué convertirse.

    Yo creo que no va de eso.

    Creo que va de aprender a mirar hacia dentro mientras avanzas. De preguntarte, de vez en cuando, si ese camino todavía te permite reconocerte.

    Elegir desde el amor, no desde el miedo

    Hay preguntas que pueden servir como brújula cuando todo se mueve demasiado rápido:

    ¿Quién quiero ser?
    ¿Desde dónde estoy eligiendo?
    ¿Esto nace del miedo o del amor?
    ¿Estoy caminando de una forma que todavía me permite reconocerme?

    No son preguntas para responder una vez y guardar en un cajón. Son preguntas a las que se vuelve. A veces con claridad. A veces con torpeza. A veces en mitad de un desastre.

    Elegir desde el amor no significa elegir siempre lo fácil, ni lo cómodo, ni lo bonito.

    A veces amar implica poner límites. Marcharse de lugares donde ya no hay respeto. Dejar de intentar encajar en una mesa donde tienes que hacerte pequeño para quedarte. Aceptar que no todo vínculo que empieza bonito tiene que durar para siempre.

    Eso también es amor.

    Amor propio. Amor a la vida. Amor a la persona que estás tratando de llegar a ser.

    Y el respeto va de la mano. Respeto hacia ti. Hacia los demás. Hacia el mundo que habitas.

    Porque las palabras importan. Como decía Dumbledore «son nuestra más inagotable fuente de magia.»

    Pueden herir y pueden reparar. Pueden cerrar una puerta o abrir una ventana. Pueden acompañar a alguien justo cuando más lo necesita.

    Ojalá usemos las nuestras para construir más que para romper. Para cuidar más que para ganar. Para acercarnos a los demás sin perdernos a nosotros mismos.

    No todo caminante errante anda perdido

    Hay una frase, extraída de El señor de los anillos que siempre me ha acompañado. De hecho, está grabada con tinta en mi brazo:

    No todo caminante errante anda perdido.

    A veces no saber exactamente a dónde vas no significa que estés fracasando. A veces solo significa que estás aprendiendo a encontrar tu propio camino.

    Y eso lleva tiempo.

    Habrá dudas. Cambios. Decisiones que no salgan como esperabas. Personas que se irán. Otras que llegarán. Versiones de ti que tendrás que despedir para poder vivir otras más honestas.

    No pasa nada.

    No tienes que tenerlo todo claro para empezar a caminar.

    Solo necesitas no abandonarte del todo. Volver a ti cuando el ruido pese. Recordar que tu valor no depende del aplauso, ni de la nota, ni de la atención que recibas.

    Y seguir.

    Con raíces.
    Con alas.
    Con amor.
    Con respeto.
    Con esa brújula interna que no siempre grita, pero sigue ahí.

    Quizá crecer sea eso: aprender a cruzar puertas sin perder del todo la ternura. Descubrir que el camino no estaba escrito, pero aun así podía ser profundamente tuyo.

    Este discurso no vio la luz en el momento para el que fue creado… Pero aquí, el mensaje llega también, y puede seguir acompañando a tantas personas como lo encuentren…

    Gracias por quedarte un rato conmigo.
    Con pausa, oído y corazón.
    Iván🩵