Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Esto lo he escrito para ti, adolescente.

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  • Bienvenidos a esta pequeña gran ventana

    Bienvenidos a esta pequeña gran ventana

    Llevo tiempo sintiendo que algo pide salir. No desde el ruido ni desde la urgencia, sino desde la necesidad de compartir. De abrir un espacio donde las reflexiones que me acompañan en mi día a día como docente puedan tener lugar. Un rincón donde las ideas, las preguntas y las intuiciones que me despiertan libros, podcasts, conversaciones o simplemente la experiencia, puedan tomar forma y quedarse un rato.

    No soy experto en pedagogía. No tengo una formación específica más allá de mi propia historia como estudiante —larga y variada— y estos últimos tres años como profesor. Aunque, siendo sincero, enseño desde mucho antes: desde los 16, como apoyo en clases particulares, como compañero que explicaba en grupo, como formador en mi trabajo antes de llegar a la docencia reglada.

    La tutoría me cambió la mirada

    Desde el curso pasado (2023-2024), además de enseñar, tengo la fortuna de tutorizar. No sé si es exactamente lo mismo —enseñar y tutorizar—, pero lo que sí sé es que algo cambió. Empecé a sentir con más fuerza que no basta con lo que ocurre dentro del aula. Que el aula, por maravillosa que sea, tiene sus límites. Y que muchas veces, quienes están frente a mí no están listos para escuchar justo en ese momento.

    Y sin embargo, el mensaje —eso que intento transmitir más allá de los contenidos— me parece importante. Quiero que esté disponible cuando alguien lo necesite. Cuando quiera volver a él. Por eso este blog. Para dejar huella más allá de la clase.

    Para quienes llegan por aquí por primera vez

    Imagino leyendo estas líneas a mis alumnos y exalumnos. A sus familias. A personas que, sin haber compartido aula conmigo, llegan por recomendación o por casualidad. A todos y todas, gracias por estar.

    Deseo que este espacio les inspire. Que encuentren aquí una voz que acompaña, que sostiene, que abre preguntas. Porque en medio del ruido —consumismo, redes, adicciones, sobreinformación, desinformación, youtubers, influencers— creo que aún hay luz. Y creo que vale la pena buscarla juntos.

    ¿Y el rol de tutor?

    No sé si hay una sola palabra que lo defina. Este año, mis estudiantes me apodaron “papá” en el instituto. No sé si es exagerado o entrañable, pero algo refleja. Quizás tenga que ver con cuidar, con estar, con mirar con ternura y firmeza a la vez. Tal vez desde ahí nace también este blog.

    Gracias por asomarte. Ojalá te quedes un rato.

  • Un año de Tutorizando: menos ruido, más presencia

    Un año de Tutorizando: menos ruido, más presencia

    Tutorizando. Palabras que acompañan. Colores que acompañan. 30 en mis 15. Brújula. Pausa. Serenidad entrenable. Atención. Límites que cuidan.

    Finales de diciembre tiene esa forma rara de ponerte un espejo delante. No para que repases “todo lo que hiciste”, sino para que notes desde dónde lo viviste.

    Y quizá por eso este cierre no va de balances ni de números. Va de una decisión tranquila que, si la miras de cerca, cambia muchas cosas: vivir con menos ruido y más presencia.

    Porque lo que ha ido naciendo en Tutorizando este año no es solo contenido. Es un lugar. Un modo de estar con adolescentes, con familias y con cualquiera que, en algún momento, se siente desbordado y necesita volver a sí.

    Un proyecto que no quiere empujarte, quiere sentarse a tu lado

    Y para entender por qué este lugar existe, merece la pena mirar primero la corriente que solemos llevar puesta.

    Vivimos rodeados de mensajes que compiten por tu atención. Te piden prisa, rendimiento, comparación, respuesta inmediata. Y cuando ese ritmo se instala, lo más fácil es vivir en automático: reaccionar antes de sentir, decidir antes de pensar, exigir antes de comprender.

    Tutorizando nace justo en el sentido contrario.

    No para negar la realidad ni para vivir en una burbuja. Para acompañarte a mirarla con más calma. Para recordarte que, incluso en semanas intensas, hay algo que sí puedes entrenar: el modo en que estás dentro de lo que te pasa.

    Por eso el tono importa tanto. No como estética, sino como ética. Aquí no buscamos el golpe de efecto. Buscamos una voz habitable.

    La raíz: el respeto como brújula

    Y cuando buscas una voz habitable, tarde o temprano llegas a una pregunta clave: ¿de dónde nace ese tono?

    Si tuviera que elegir una idea madre, sería esta: el respeto como brújula.

    Respeto hacia ti. No como egoísmo ni como “me da igual todo”. Como cuidado básico: cómo te hablas, cómo descansas, cómo te sostienes cuando no estás al cien por cien. Tu cuerpo también carga. Tu mente también se agota. Tu vida también necesita margen.

    Respeto hacia los demás. Como dignidad mínima, incluso cuando hay tensión. Conversar sin humillar. Discutir sin herir a propósito. Poner un límite sin romper a la persona.

    Respeto hacia el mundo que habitas. Porque vivir bien no es solo “estar bien tú”. Es construir bienestar sin dejar tierra quemada alrededor: en casa, en el aula, en el grupo, en lo pequeño de cada día.

    Cuando esa brújula está clara, no te resuelve la vida. Pero te da una dirección fiable. Una forma de caminar que, por muy difícil que sea el camino, te da estabilidad para transitarlo. 

    La práctica: la pausa como escudo invisible

     Y aunque saber el norte es necesario para no perderse, no basta si no puedes mirarlo libremente cuando más aprieta todo. Pero ese segundo de libertad también se entrena.

    Es la práctica que más hemos repetido este año, por simple y por útil: la pausa.

    La pausa no es parar el mundo. Es darte un segundo para recuperar tu libertad.

    Ese momento en el que respiras antes de contestar. En el que te das cuenta de que estás a punto de decir algo que no representa tu mejor versión. En el que eliges esperar para hablar desde un lugar más limpio.

    A veces la pausa dura diez segundos. A veces dura una tarde. Otras incluso más tiempo, el necesario para retomar la conversación con más calma.

    Y casi siempre cambia el resultado.

    No porque te convierta en alguien perfecto, sino porque te permite volver a ti antes de dar un paso, para darlo con más firmeza.

    Elegir con sentido: no hacer más, habitar mejor

    Y cuando aprendes a volver a ti antes de actuar, aparece lo siguiente: la posibilidad real de elegir.

    Hay una trampa muy común, en adolescentes y en adultos: creer que, para que todo vaya bien, hay que hacer más.

    Más control. Más exigencia. Más rapidez. Más aguante.

    Tutorizando empuja otra idea más sostenible: no hacer más sino elegir mejor.

    Elegir desde el sentido, no desde la presión. Elegir desde valores, no desde el ruido. Elegir lo que te construye, aunque no sea lo que más se aplaude.

    A veces eso implica renunciar. Y renunciar no siempre es perder. A veces es coherencia. A veces es salud. A veces es el primer gesto de madurez que te aporta bienestar.

    Límites que cuidan y conversaciones que no rompen

    Ahora bien, elegir con sentido casi siempre implica poner un marco: decir sí a lo importante y no a lo que lo pone en riesgo.

    Un límite bien puesto no es castigo. Es cuidado.

    Un límite protege tu atención. Protege tu descanso. Protege la forma en que os tratáis en casa. Protege el vínculo cuando la emoción sube.

    Y eso nos lleva a una de las ideas más importantes del proyecto: acompañar no es controlar.

    Acompañar es sostener un marco y, dentro de ese marco, dejar espacio para que la otra persona aprenda.

    No rescatar. No moldear. No convertir la vida del otro en tu proyecto.

    En ocasiones, esta mirada se ha hecho especialmente necesaria en momentos de alta carga emocional (sí, también cuando llegan boletines). Pero lo que nos interesa no es el evento. Es el músculo que entrenas: hablar mejor, escuchar mejor, reparar mejor, elegir mejor.

    Serenidad entrenable: volver, no ganar

    Y cuando el marco se sostiene con cuidado, la vida no se vuelve perfecta, pero sí más transitable por dentro.

    Quizá una de las frases más honestas que podemos sostener es esta: no tienes que estar bien todo el tiempo para vivir bien.

    La serenidad no es suerte. Se entrena.

    Se entrena con gestos pequeños que parecen poca cosa, pero cambian el tono desde el que vives:

    Detenerte un momento. Nombrar lo que sientes. Hacerte una pregunta útil. Pedir ayuda. Volver a intentarlo sin machacarte.

    Porque la meta no es “ganar” cada día. La meta es volver. A tu centro, a tu paz, a intentarlo otra vez después de fallar.

    Un ecosistema ligero para sostener lo importante

    Y para que esa vuelta sea posible en el día a día, han ido surgiendo lugares para la calma y la reflexión. 

    Lugares que le han dado estructura a este proyecto.

    El blog como casa: un lugar para la reflexión larga, para respirar, para leer sin prisa. Instagram como ventana emocional: más dinámico, aterrizando o lanzando ideas cuidadas. También trabajando el ensayo y error por mi parte. WhatsApp como carta: cercanía sin ruido.

    No por estar en todas partes, sino para llegar de diferentes formas.

    Y aquí encajan también Palabras que acompañan y Colores que acompañan: una columna vertebral y una extensión más silenciosa. A veces el acompañamiento llega en forma de texto. A veces llega en forma de trazo, de pausa, de mano ocupada y mente que se calma.

    Cerramos el año, abrimos conversación

    Y con esa casa ya en pie, el final de año no se vive como un cierre, sino como una puerta entreabierta.

    Si este proyecto te ha servido en algún momento, o si simplemente te ha hecho parar un poco, me gustaría que el cierre del año se quedara en una invitación sencilla.

    Estos últimos días de 2025, prueba a vivir con una pregunta menos urgente y más fértil:

    ¿Qué decisión pequeña puedo tomar que sea buena para mí? Pensando también en los demás de vez en cuando, que somos animales sociales. 

    Cuando no lo consigas, que también pasará, prueba con:

    ¿Qué parte de esto sí depende de mí hoy?

    No cerramos un año como quien baja una persiana. Lo cerramos como quien deja una ventana entreabierta.

    ¿Dónde te está pidiendo la vida menos ruido y más presencia? ¿Qué límite te devolvería paz sin convertirte en alguien duro? ¿Qué conversación podrías tener cuidando el vínculo, incluso si es incómoda?

    Gracias por quedarte un rato aquí. Con tiza, corazón… y preguntas.

    Gracias por estar al otro lado. 🫂

    Con pausa, oído y corazón.

    Iván 🩵