Es increíble lo que unos días de sueño irregular, acompañados de tardes ocupadas y una mañana intensa de clases, pueden limitar la capacidad de una persona que pone mucha intención en la última hora del viernes.
Esa hora pesa un poco más porque estás a puntico de irte. De saborear unas horas —apenas dos días— de semilibertad. De no tener que madrugar porque lo impone una institución, de no tener que ponerte un uniforme incómodo, de no pasar varias horas sentado o sentada frente a un pupitre.
¿Increíble? Bueno. Si para ellos y ellas ya es complicado manejarlo… en fin.
Hoy he llegado a tutoría cansado. He llevado preparados mis apuntes, sabía más o menos qué quería trabajar, pero tenía la mente algo nublada. Y no solo creo que lo hayan notado: se lo he dicho directamente.
Quizá por eso tiene cierta gracia que hoy, precisamente, hayamos hablado de límites y asertividad. Porque mientras escribo esto aparecen preguntas que no he hecho en clase: ¿dónde está el límite de nuestro gasto energético? ¿Dónde termina lo que sentimos que debemos hacer y empieza lo que simplemente nos pide el sistema?
No tengo una respuesta clara. Y, aun así, sigo.
Empezamos moviéndonos
Antes de sentarnos a hablar, y después de algún paquete, hemos hecho algunos estiramientos a petición de algunas de ellas.
Después les he propuesto una dinámica sencilla: tenían que desplazarse hacia distintas zonas de la clase dependiendo de si dirían NO, no lo dirían o puede que sí, puede que no, ante una serie de situaciones.
“Tus padres te piden que dejes el móvil”.
“Un amigo quiere que te burles de otra persona”.
Y algunas más por el estilo.
No sé cuánta honestidad ha habido detrás de cada decisión. Tampoco importa demasiado. Lo que sí he visto ha sido interés por hacer la dinámica. Menudo acierto.
Y desde ahí hemos empezado a hablar de algo que parece sencillo hasta que toca hacerlo: decir que no. Porque cuesta decirlo en muchas ocasiones. Por presión, por cariño, por miedo, por sentido del deber… dejamos a un lado nuestros principios o lo que realmente queremos porque hay otras cosas que pesan más.
Y, ojo, algunas veces tiene todo el sentido del mundo. Forma parte de nuestra historia, de nuestros vínculos, de las decisiones que libremente tomamos. Otras veces… igual no tanto.
Antes del límite suele aparecer algo
Les he lanzado entonces otra pregunta: ¿qué ocurre dentro de nosotros cuando vivimos una situación que nos remueve?
Después de darle algunas vueltas, hemos llegado a algo bastante evidente: aparece una emoción. Miedo, rabia, alegría, tristeza, asco, excitación, hastío… A veces una sola. Otras, varias mezcladas.
Nuestro cuerpo interpreta lo que está ocurriendo y responde de alguna manera. Y esa respuesta no aparece aislada: depende de nuestra historia, del contexto, de experiencias anteriores, de cómo estamos ese día.
Precisamente por eso, creo que aprender a reconocer esas emociones puede darnos información interesante. No para obedecerlas automáticamente, sino para escucharlas.
He puesto en clase el ejemplo de esas personas que cruzan abismos caminando sobre una cuerda. Estar ahí arriba puede despertar un miedo terrible a caer o, por el contrario, puede generar una emoción intensísima relacionada con la aventura, el riesgo, la superación. La misma situación. Experiencias muy distintas.
Y pasa también con cosas bastante menos cinematográficas.
Cuando ese compañero o compañera que nunca hace los deberes vuelve a pedirte que se los pases para copiarlos, quizá aparece rabia. O cansancio. O esa sensación de “otra vez”. Algo nos está diciendo. Puede que estamos llegando a un límite.
Y entonces toca elegir qué hacemos
Ese límite puede ser la altura a la que estoy dispuesto a subir, las veces que estoy dispuesto a prestar mis deberes, la forma en la que permito que alguien me hable o hasta dónde quiero comprometer mi tiempo y mi energía.
Independientemente de cuál sea el límite, algo que también debemos tener claro es que no solemos elegir qué emoción surge ante lo que vivimos. Sim embargo, creo que sí podemos entrenarnos para que esa emoción no decida automáticamente qué hacemos después.
Podemos ganar unos segundos, observar y elegir con algo más de conciencia qué palabras, qué conducta o qué acción queremos poner delante.
Ahí han aparecido en la pizarra las tres palabras trilladísimas del mundo de la asertividad: pasivo, agresivo, asertivo.
Volviendo al ejemplo de los deberes, una respuesta pasiva podría ser pasarlos sin decir demasiado, aunque no quieras hacerlo. Una agresiva sería mandar a paseo —por ponerlo bonito aquí— a quien te los está pidiendo. Y una respuesta asertiva podría ser algo parecido a:
“Cuando me pides los deberes una vez detrás de otra me pones en una situación incómoda. Creo que es tu responsabilidad hacerlos y no te los voy a pasar”.
Y sí. Ya sé. Nadie habla así.
Normalmente, cuando trabajamos asertividad, ese comentario tarda poco en aparecer. Hoy me he adelantado:
—Ya sé que va a sonar raro… pero ojalá aprendiéramos a hacerlo más a menudo.
Y la verdad es que siendo viernes, última hora y la libertad al otro lado de la puerta, me esperaba algo de resignación y apatía ante estas nuevas -o no- ideas.
Pero no.
“¿Y si digo que no estoy en casa?”
Me han debatido.
—¿Y si digo que no estoy en casa y que se los pida a otra persona?
Pues también. Claro que puedes hacerlo. Es una opción.
Solo que ahí no estás poniendo encima de la mesa lo que piensas o lo que sientes. Estás utilizando una excusa para evitar el conflicto.
Y tampoco hay que montar un drama con eso. Les he dicho que, por supuesto, pueden utilizar una excusa. Todos lo hacemos alguna vez.
La pregunta que me interesa es otra: ¿estoy siendo honesto conmigo cuando lo hago?
Porque tampoco pretendo que con catorce años sean ejemplos impolutos de integridad, coherencia y conocimiento personal. Ni mucho menos.
Están todavía descubriendo cuáles son sus principios, sus valores, qué quieren conservar y qué quieren cambiar. Con un cerebro todavía en desarrollo y una vida que apenas empieza a ofrecerles experiencias con las que construir todo eso.
No estoy buscando perfección. Estoy intentando plantar preguntas, ideas, semillas…
Lo que depende de mí… y lo que ya no
Al final, puedes expresar un límite con toda la calma y el respeto del mundo y que la otra persona se enfade igualmente. Eso ya no depende de ti.
Y mientras se lo he dicho, he pensado que ocurre exactamente lo mismo en el aula.
Yo puedo llegar cansado un viernes. Puedo decidir utilizar la energía que me queda para intentar compartir ideas y herramientas que quizá algún día les resulten útiles. Puedo intentar hacerlo con sentido.
Pero no puedo controlar quién las utilizará, quién las olvidará mañana, quién pensará que todo esto es una chorrada o quién recordará dentro de años una frase perdida de una tutoría de viernes.
Ahí también hay un límite. Y aprender a verlo quizá evita bastante frustración.
No recuerdo exactamente cómo —mi cerebro ya empezaba a pedir fin de jornada—, pero he terminado enlazándolo con otra idea que tarde o temprano suelo compartirles: la idea de que, muchas veces, las personas hacemos las cosas con las herramientas que tenemos disponibles en ese momento.
Y que cuando se es padre o madre, tres cuartos de lo mismo.
No existe un manual perfecto. Se educa con lo aprendido, con la propia historia, con los miedos, los aciertos, las heridas y los recursos que uno tiene.
Y precisamente por eso existen otros espacios: la escuela, las amistades, la sociedad, los libros, las personas que vamos encontrando.
Si tuviéramos que enfrentarnos a toda nuestra vida únicamente con aquello que hemos aprendido en casa, probablemente nuestra mirada sería bastante más pequeña.
Parte de lo que intento hacer en tutoría es precisamente eso: poner encima de la mesa ideas que quizá en otros lugares no aparecen, que puedan ensanchar esa mirada. Después cada cual verá qué hace con ellas.
Y sí, también me he equivocado
Antes de terminar les he explicado dos técnicas relacionadas con la comunicación asertiva: el disco rayado y el sándwich.
Bueno. El disco rayado, bien. La técnica del sándwich… regular.
La he explicado mal.
Llámalo cansancio. Llámalo despiste. O no lo llames.
El lunes, antes de empezar Física y Química, corregiré el error. También eso forma parte de lo que intento transmitirles, aunque no estuviera en los apuntes: puedo equivocarme, darme cuenta y volver para corregirlo.
No pasa absolutamente nada.
Hemos terminado repasando los llamados derechos asertivos. Algunos suenan casi utópicos cuando los lees con calma: el derecho a decir que no, a cambiar de opinión, a cometer errores, a no tener que justificar constantemente cada decisión, a expresar lo que necesitamos respetando también a quien tenemos delante.
Quizá tenerlos un poco más presentes haría algunas relaciones bastante más sencillas.
Así que voy a imprimirlos y los dejaremos en el corcho de clase. No porque espere que a partir del lunes nos comuniquemos todos de forma impecablemente asertiva. Ni de coña.
Simplemente para que estén ahí. Para volver a ellos alguna vez. Para recordar que poner límites no siempre significa levantar muros.
A veces significa saber hasta dónde llego yo, dónde empiezas tú y cómo podemos encontrarnos sin faltarnos al respeto por el camino.
Y después de la tutoría de hoy me queda otra pregunta, esta vez también para mí:
¿Cuántas veces esperamos llegar al límite para empezar a escucharlo?
Gracias por quedarte un rato -larguico- conmigo. 🫂
Con pausa, oído y corazón.
Iván 🩵
