Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Categoría: Lo que me habría gustado saber

  • Cuando tener razón no lo es todo

    Cuando tener razón no lo es todo

    Hay momentos en los que algo dentro de ti grita. No literalmente, pero lo sientes en el pecho, en la garganta. Cuando alguien cuestiona cómo ves las cosas. Cuando sientes que no te están escuchando. Cuando el mundo parece retarte en cada frase.

    Y sin querer, te ves ahí: defendiendo tu opinión como si fuera lo único que importase.

    Lo entiendo, de verdad. La adolescencia es justo eso: un campo de batalla donde se pone a prueba todo lo que habías creído hasta ahora. Lo que aprendiste en casa. Lo que te enseñaron en clase. Lo que parecía inamovible empieza a tambalearse, y sientes la necesidad de defender lo tuyo con uñas y dientes.

    Y sí, a veces necesitas plantar cara. Pero otras veces… quizá no tanto.

    El arte de elegir tus batallas

    Tu cerebro, justo ahora, está haciendo algo fascinante: reorganizándose por completo. Literalmente, está en obras. Nuevas conexiones se están formando, y otras están desapareciendo para dar lugar a pensamientos y emociones más maduras, más tuyas. Es una etapa intensa, en la que cuestionar no solo es inevitable, sino necesario para descubrir quién eres y qué te importa realmente.

    Por eso es tan normal que sientas ganas de discutir. Es parte del proceso de entender el mundo y tu lugar en él. Pero ojo: cuestionar no significa estar siempre a la defensiva, ni reaccionar ante todo lo que contradiga tu visión.

    Elegir tus batallas no es rendirse ni bajar la guardia. Es entender qué es lo suficientemente valioso como para gastar energía en defenderlo. Porque cada discusión te consume atención, tiempo y paz. Y a veces, tener paz es más importante que tener razón.

    A veces dejar pasar algo, aunque tengas razón, te regala algo mucho más importante: calma. A veces, decir «no quiero pelear esto» es un acto poderoso de respeto hacia ti mismo y hacia los demás.

    Escuchar sin juicio: tu superpoder olvidado

    Estamos tan acostumbrados a reaccionar de inmediato que hemos olvidado una de las habilidades más valiosas: escuchar de verdad. Sin juzgar. Sin tener lista una respuesta antes de que el otro termine de hablar.

    Escuchar no es solo quedarse callado mientras el otro habla. Es realmente abrirte a entender por qué piensa así. Es preguntarte, aunque sea incómodo: ¿Y si tiene algo de razón?

    Cuando escuchas con presencia, algo cambia. Se abre una puerta que antes no existía. A veces detrás de esa puerta descubres comprensión, otras respeto mutuo, y otras veces simplemente una nueva forma de mirar algo que ya creías conocer.

    Ese regalo no solo beneficia a la otra persona; también te beneficia a ti. Porque escuchar bien, sin juicios rápidos, te ayuda a crecer de una manera que ninguna discusión acalorada puede ofrecer.

    La apertura mental: un camino a tu medida

    Tener apertura mental no es aceptar cualquier cosa que te digan. No es dejar atrás tus convicciones sin pensarlo. La apertura mental es esa capacidad valiosa y sutil de detenerte antes de decidir, antes de reaccionar.

    Es observar antes de rechazar.

    Es preguntarte antes de concluir.

    Es tener la curiosidad suficiente para explorar otras perspectivas, sabiendo que ninguna idea o persona es una amenaza por sí misma.

    Tener una mente abierta es ser flexible. Como la piedra en el arroyo, que no pierde su firmeza pero permite que el agua fluya alrededor. Esa flexibilidad no te hace débil; al contrario, te hace fuerte, resistente, adaptable.

    Porque no todas las ideas contrarias son ataques. Algunas son simplemente invitaciones a descubrir algo nuevo. Y descubrir, aunque a veces te lleve a reconocer que estabas equivocado, también es crecer. Y crecer es lo que más importa en este viaje.

    ¿Vale la pena este fuego?

    Antes de entrar en una discusión, pregúntate algo sencillo:

    ¿Este fuego me da calor… o me está quemando?

    Si esa conversación te aporta claridad, si te ayuda a expresar algo valioso o a aprender algo nuevo, sigue adelante. Pero si solo te desgasta, si te aleja de quien quieres ser, tal vez puedas elegir apagarlo con un gesto de tranquilidad, con compasión, o incluso con un silencio poderoso.

    No todas las ideas necesitan ser defendidas en voz alta. Algunas simplemente se viven, se muestran con actos en lugar de palabras. Porque al final, tus acciones siempre hablarán más fuerte.

    ¿Y si hoy eliges vivir con menos juicio y más presencia?

    La próxima vez que algo te saque de quicio, intenta algo distinto:

    Respira profundo. Observa. Escucha con atención plena.

    Luego pregúntate:

    ¿Quiero tener razón… o quiero tener paz?

    Tal vez descubras que no siempre debes elegir uno u otro. A veces puedes tener ambas cosas, pero solo si decides cómo quieres estar en cada situación: con menos prisa por ganar, con más ganas de entender.

    Gracias por quedarte un rato conmigo.

    Ojalá también contigo, escuchando antes de cerrar puertas.