Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Etiqueta: bienestar emocional

  • Abrir la ventana antes de correr

    Abrir la ventana antes de correr

    Empezar un curso puede parecerse a abrir una ventana: entra aire nuevo y, la mayoría de veces con él, la prisa por ordenar horarios, cuadrar actividades, mirar boletines. Antes de que la vorágine marque el paso, propongo un segundo de calma.

    Por si acaso: lo que comparto aquí no es una verdad absoluta; es mi manera de mirar la educación. Está en construcción permanente y la voy afinando conforme voy viviendo y aprendiendo.

    En educación solemos medir con números: dieces, aprobados, suspensos, faltas, castigos… También con agendas llenas, tardes ocupadas, minutos exprimidos. Todo eso cuenta, sí, pero no dice lo esencial: cómo se sostiene por dentro una vida que crece. Al menos, así lo veo.

    Lo que intento acompañar

    A mí me gusta pensar la tutoría —y la educación en general— como un taller de vida. No porque tenga la fórmula mágica, sino porque creo que aquí no venimos a fabricar dieces ni a llenar vitrinas de premios. Venimos a practicar herramientas que, ojalá, nos ayuden a vivir mejor: respeto, serenidad, compañerismo.

    • Respeto, porque la forma en que nos tratamos marca todo lo demás.
    • Serenidad, porque la vida no es una carrera; se avanza paso a paso, con calma y constancia.
    • Compañerismo, porque el buen ambiente no se da solo: se construye entre todos.

    Y sí, lo académico está ahí. Le doy la magnitud que le corresponde: es una herramienta para abrir caminos, conseguir recursos, títulos y saberes que después sirvan. Pero no lo vivo como una forma de esclavitud ni como castigo social, ni mucho menos como la esencia de todo el proceso. Es un medio, no un fin en sí mismo.

    Lo que de verdad acompaña

    Creo que una de las formas de acompañar —en casa y en el aula— es la de sembrar valores que den forma posterior a criterios y elecciones. En mi caso, dos que destaco mucho son: serenidad y respeto. También va de crear espacios habitables donde equivocarse no sea condena, sino oportunidad. Por supuesto, va de palabras que cuidan y de gestos casi invisibles: miradas que aflojan el nudo, silencios que escuchan, límites que protegen.

    No es que sepa más que nadie, es que con cada año que paso en docencia, compruebo —a trompicones y aciertos— que esto suele funcionar mejor que la prisa. Aun así, sigo aprendiendo y corrigiendo sobre la marcha.

    Y la creencia que está marcando todo lo que hago últimamente, es la de que el valor de un adolescente -o de cualquier otra persona- no está en sus resultados. Está en su capacidad de amar y dejarse amar, y somos capaces de percibirlo en cómo expresa ese valor a través de muchas actitudes y gestos distintos. Yo intento sostener ese valor con calma y cuidado; poner suelo donde hay vértigo, dar sombra cuando el sol aprieta, abrir ventanas cuando el aire se queda denso. Y es posible que esté equivocado, pero es el rumbo que intento seguir, porque es el que me hace estar en paz conmigo y con el resto de la humanidad.

    Para ti, que vuelves

    Puede que llegues con dudas, expectativas, nervios o todo a la vez. Pero recuerda: no eres solo tus notasNo eres solo tu agenda apretada. Eres mucho más que la forma en que te habitas, la manera en que te dejas acompañar, el cariño que das y recibes. Todo ello, muy por delante de lo académico. Yo, al menos, me lo repito cuando me acelero.

    Ahora bien, tener serenidad y respeto no significa hacerlo todo perfecto. Significa darte permiso para equivocarte, cuidarte y seguir aprendiendo. Fallar no te hace menos: te recuerda que estás en camino. Y yo también: me equivocaré este curso, tomaré nota y ajustaré. Y también agradeceré que me lo hagas ver si está en tu mano.

    Menos prisa, mejor paso

    Este inicio de curso no es una carrera de metas. Es un caminar compartido. Familias, docentes, estudiantes… cada cual con su papel, pero en la misma dirección. A veces el paso más valioso es bajar el ritmo para mirar cómo caminamos. Como un prototipo continuo: probar, observar, ajustar.

    Así que, aquí te dejo unos pequeños anclajes para el día a día, por si te sirven:

    • Respirar antes de responder.
    • Preguntar antes de juzgar.
    • Cuidar el descanso como parte del estudio.
    • Celebrar lo concreto: un esfuerzo, una mejora mínima, una conversación que acercó.
    • Nombrar que estamos probando. “Vamos a testear esto dos semanas y vemos”.
    • Si algo no funciona, lo cambiamos. Sin drama, con datos y cuidado.

    Una educación que nos haga bien

    Creo que podemos educar de otra manera, más ajustada a la realidad de nuestro tiempo: menos ruido y más presencia; menos consumo y más cuidado; menos competir y más cooperar. No pretendo tener la fórmula; hablo de un rumbo compartido que iremos afinando con la experiencia.

    No es ingenuidad; es trabajo diario. Es elegir palabras que sostienen, rutinas que serenan, vínculos que hacen hogar. Y sí, también estudiar, esforzarse, equivocarse y volver a intentarlo. Pero con un sentido: construir vidas que merezcan la pena ser vividas. No vayamos de expertos: seamos gente que cree en cosas y que lo intenta cada día, aprendiendo del error.

    Te dejo una pregunta para abrir el año: ¿Qué gesto simple —hoy— podría hacer tu camino y el de quienes te rodean un poco más habitable?

    Gracias por leer. Con tiza, corazón… y preguntas.