Como comentaba en la entrada anterior, «No siempre que se pierde, se pierde«, me he leído Viajar ligero y en él me encontré con una historia que se me quedó dando vueltas en la cabeza.
El autor recuerda los veranos de su infancia en Rímini. De vez en cuando, por los altavoces de la playa, anunciaban que se había perdido algún niño. Mientras los adultos probablemente imaginaban a unos padres aterrorizados buscando a su hijo, la versión infante del autor fantaseaba con otra cosa: aquel niño no estaba perdido. Había escapado.
Lo imaginaba huyendo de una jauría de perros llamados Padres, Deber y Futuro (PDF… ¿coincidencia? Jajajaja…).
Hasta que, inevitablemente, llegaba el siguiente anuncio: niño encontrado. Fin de la aventura. Huida postpuesta a otro momento, otra vida… o quizás indefinidamente…
Y me hizo pensar en ese miedo que solemos tener las personas a perder(nos).
Desde bastante pequeños empezamos a recibir instrucciones sobre cuál es el camino correcto. Qué debemos estudiar. Qué trabajos son buenos. Qué significa tener éxito. Cómo deberíamos comportarnos. Qué aspecto debemos tener. Cuándo toca independizarse, encontrar pareja, comprar una casa, formar una familia…
No porque alguien quiera hacernos daño, manipularnos o controlarnos totalmente. Más bien se trata de que quien nos quiere suele intentar evitarnos errores, sufrimiento e incertidumbre. Al menos cuando somos dependientes de las personas adultas que nos tienen a su cargo.
Sin embargo…
Quizá haya errores que necesitamos cometer.
Quizá haya caminos de los que tengamos que salirnos.
Quizá perder(se) un poco (o mucho) sea precisamente una de las formas de encontrar(se).
Más adelante, el libro habla de las mudanzas. De esa sensación bastante habitual de empezar a llenar cajas y descubrir que llevabas años conviviendo con cosas que ni utilizabas, ni necesitabas, ni recordabas que tenías.
Y pienso que hacemos exactamente lo mismo con muchas otras cosas. Acumulamos objetos.
Pero también relaciones.
Hábitos.
Expectativas.
Miedos.
Ideas sobre nosotros mismos que vienen de fuera…
Creencias que escuchamos cuando éramos pequeños y que terminan convirtiéndose en las reglas con las que organizamos nuestra vida.
Yo no sirvo para estudiar.
Lo importante es tener un trabajo seguro.
Hay que aguantar.
Qué van a pensar los demás.
Eso no es para gente como nosotros.
No puedes cambiar ahora.
Y seguimos metiéndolo todo en la mochila.
Hasta que pesa demasiado.
Lo curioso es que muchas veces necesitamos que ocurra algo importante para decidir abrirla. Una pérdida. Una ruptura. Un despido. Una enfermedad. Una mudanza. Algún acontecimiento que desordena nuestra vida lo suficiente como para obligarnos a preguntarnos qué queremos conservar cuando volvamos a colocar las cosas.
Entonces aparecen frases como: «ahora sé lo que realmente importa».
Y la pregunta que plantea el libro me parece incómoda y maravillosa:
¿hacía falta que ocurriera aquello para descubrirlo?
Quizá no podamos evitar todos los golpes —ni tendría sentido intentarlo—, pero sí podemos parar de vez en cuando antes de que llegue uno.
Cerrar los ojos.
Mirar nuestra mochila.
Y hacer inventario.
Y todo esto conecta muchísimo con algo que quiero trabajar en tutoría.
Mi alumnado tiene unos catorce años. A esa edad todavía están construyendo buena parte de lo que algún día llamarán «yo». Pero no parten de cero.
Llegan al instituto con una mochila que ya contiene muchas cosas.
Algunas maravillosas.
Otras quizá no tanto.
Ideas aprendidas en casa, en el colegio, entre amigos, viendo a determinados creadores en redes sociales o simplemente observando cómo viven los adultos que tienen alrededor.
Y aquí creo que quienes educamos —especialmente padres, madres y profesores— tenemos una responsabilidad que puede resultarnos bastante incómoda.
Preguntarnos ¿qué estamos metiendo nosotros ahí?
Es inevitable: educar implica influir. Con los contenidos, con los mensajes, con las acciones, con el ejemplo…
La cuestión es si estamos ayudando a construir una brújula o simplemente entregando un mapa que esperamos que sigan.
Creo que educar también debería significar permitir que un adolescente pruebe cosas, cambie de opinión, descubra intereses inesperados, cuestione alguna de nuestras certezas e incluso se equivoque.
Ojo, no significa abandonar los límites ni aceptar cualquier decisión porque «tiene que encontrarse a sí mismo». Debemos velar por su seguridad, por supuesto. Además, conocerse no consiste en hacer en cada momento lo que apetece.
Significa experimentar, observarse y aprender.
Conocer, descubrir qué te hace bien y qué no.
Qué personas sacan una buena versión de ti.
Qué ambientes te apagan.
Qué necesitas.
Qué te importa.
Qué valores quieres hacer tuyos y cuáles simplemente heredaste y no van contigo.
Y para eso también necesitamos exponernos a cosas que nos incomoden.
Libros.
Profesores.
Terapeutas.
Conversaciones.
Personas e ideas que llegan como un vendaval y te mueven algún cimiento que creías inamovible. (Que me lo digan a mi…).
No tenemos que creernos todo lo que nos dicen. De hecho, creo que sería igual de absurdo sustituir unas creencias heredadas por otras nuevas sin cuestionarlas.
Pero podemos probar.
Observar.
Comparar.
Y después elegir.
Quizá esa sea una de las cosas más importantes que podemos enseñar a alguien que está empezando a construir su vida:
no tengas miedo de revisar lo que llevas dentro.
Habrá cosas que merezca la pena conservar toda la vida.
Otras te convendrá dejarlas atrás.
Y alguna vez, probablemente, te venga bien salirte del camino.
Perderte un poco.
Puede que entonces descubras que no estabas tan perdido/a como parecía.
Gracias por quedarte un rato conmigo. 🫂
Con pausa, oído y corazón.
Iván🩵
