Y por qué deberías escribir más de lo que crees.
Ahora que más o menos sabes lo que es la adolescencia, me gustaría convencerte de usar un recurso que, en mi opinión, puede facilitarte mucho experimentarla: llevar un diario.
No te voy a hablar de algo cursi o de “escribir tus secretos” como en las pelis. Me refiero a tener un lugar donde darle paz a tu mente. Porque pensar está bien, sí. Pero pensar en bucle puede ser agotador.
Pensar bien también se aprende
La principal diferencia que tenemos respecto al resto de especies es, precisamente, esa: que pensamos. Podemos anticipar peligros, resolver problemas, planear. Pero también nos pasamos de rosca.
Una de esas formas de pasarnos es la rumiación: darle vueltas una y otra vez a algo que no sabemos cómo resolver. Eso que se nos atraganta, que no avanza, que está ahí, molestando. Eso, si no se suelta, acaba pesando. Y mucho.
Durante la adolescencia, nos vamos a ver muchas veces contra las cuerdas. Por eso necesitamos herramientas que nos ayuden a sostener lo que sentimos y pensamos. Escribir es una de ellas.
Un diario: más que palabras
No importa el formato: puede ser un cuaderno, un bullet journal, una nota en el móvil o un blog privado. Lo importante es que sea tuyo. Que lo uses cuando lo necesites. Que sea ese lugar donde vaciar la cabeza para respirar un poco mejor.
Nuestro cerebro, como un móvil, se ralentiza cuando tiene demasiadas pestañas abiertas. Escribir es cerrar algunas. Es liberar memoria. Es bajar el ritmo del procesador para que puedas seguir funcionando.
Y además, al escribir, organizas lo que piensas. Le das forma. Eso mejora tu forma de razonar, de decidir, de entenderte. ¿Dos por uno? Qué va. Múltiples beneficios en un solo gesto.
Leer también ayuda
Pero no basta con escribir. También hay que nutrirse. Leer poesía, novela, ensayo, blogs como este… Lo que sea, pero que te enseñe palabras nuevas, formas de pensar distintas, ideas que te despierten algo.
Leer es ampliar el mundo. Es una forma de crecer sin moverse del sitio.
Yo, por ejemplo, empecé con Harry Potter —el último libro, sin haber leído los anteriores— y me enganché. Luego abrí un blog en Blogger y compartía rimas y poemas con un amigo. No era perfecto. Pero era mío. Y me ayudó.
Y acuérdate de elegir bien tus palabras
Pensar de forma eficaz es una de las habilidades más útiles que puedes entrenar. Y dentro de eso, hay algo que no puedes dejar de mirar: cómo te hablas a ti mismo.
No es lo mismo pensar “soy un negado para esto” que “creo que puedo intentarlo otra vez”. No es igual “tengo que hacerlo” que “elijo hacerlo”. Las palabras importan. Las tuyas, aún más.
Como dice Dumbledore:
“Las palabras son, en mi no tan humilde opinión, nuestra más inagotable fuente de magia, capaces de infringir daño y de remediarlo.”
No te lastimes innecesariamente. Ni siquiera en pensamiento.
Háblate bonito. Escríbete con cariño. Y si puedes, no te dejes sin leer.
Gracias por quedarte un rato conmigo. Ojalá también contigo, escribiéndote.

Deja un comentario