Lo que hay detrás de tus «tengo que…»
Hay frases que repetimos sin darnos cuenta. Las llevamos puestas como quien lleva mochila.
“Tengo que estudiar.”
“Necesito que me entiendan.”
“No puedo con esto.”
En tutoría hicimos un ejercicio simple, pero potente: escribir o completar esas frases que nos decimos a diario. Y luego… darles la vuelta.
No para ignorarlas. Sino para descubrir qué hay detrás.
Tengo que… ¿o elijo?
“Tengo que hacer deberes. Tengo que entrenar. Tengo que ordenar mi cuarto.”
Cuando usamos ese “tengo que”, suena a obligación. Como si alguien nos lo impusiera desde fuera. Y claro, si ya vas cargado, si tu cabeza va a mil, que encima tengas que… se siente como demasiado.
Pero, ¿y si cambias el tener por elegir?
“Elijo estudiar. Elijo entrenar. Elijo ordenar mi espacio.”
Cuando lo haces desde ti, desde tu voluntad, la cosa cambia. La energía cambia. La emoción también.
A veces, lo que tenemos que hacer es, en realidad, algo que queremos, nos conviene o va en dirección a lo que deseamos construir.
No todo se puede transformar. Habrá cosas que seguirás teniendo que hacer. Pero quizás haya muchas más de las que crees que puedes elegir.
Y elegir… aligera.
Necesito… ¿o deseo?
“Necesito el último modelo de manzanita. Necesito que me escuchen siempre. Necesito que me entiendan.”
Pero cuando algo es necesidad absoluta, sentir que no lo tienes puede doler mucho. Hacerte sufrir.
¿Y si lo que llamas necesidad… es en realidad un deseo?
“Deseo que me escuchen. Deseo un móvil nuevo.”
Porque si lo deseas, puedes vivir sin ello. Te gustaría tenerlo, sí. Pero no es vital.
En cambio, si lo tratas como necesidad, todo lo que no llegue te frustra, te pesa, te rompe por dentro.
¿De dónde viene ese deseo? ¿Es tuyo de verdad, o viene de fuera?
Haz la prueba. Pregúntate. A lo mejor te sorprendes.
No puedo… ¿o no quiero?
“No puedo aprobar Física. No puedo sacar sobresalientes. No puedo ir a ver a mis abuelos. No puedo escuchar a mis padres.”
Pero… ¿seguro que no puedes?
¿O es que no quieres dedicar el tiempo, el esfuerzo, o ceder el plan que tenías?
Cambiar “no puedo” por “no quiero” a veces duele. Porque te responsabiliza. Pero también te da poder.
Eso sí: no todo se puede cambiar. A veces, simplemente, no puedes más. Y está bien. No se trata de engañarte, ni de forzarte a ser positivo.
Se trata de ser dueño de tu narrativa. De que tus decisiones te representen. De ser honesto contigo mismo. Y de no quedarte atrapado en frases que te cierran posibilidades.
Tal vez no se trate de hacer grandes cambios.
Solo de escuchar cómo te hablas.
Y empezar a usar palabras que te cuiden, que te representen, que te devuelvan el poder.
¿Y a ti, qué frase te gustaría reformular hoy?
A veces, cambiar una palabra… es empezar a cambiar la historia.
Gracias por quedarte un rato conmigo. Ojalá también contigo, hablándote bien.

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