A veces lloras y no sabes por qué. A veces saltas por algo mínimo y luego te arrepientes. Otras veces sientes que todo va demasiado rápido y no sabes cómo frenar.
Tranquilo. Tranquila. No estás mal. Estás creciendo.
Hace unos días leía un libro que me hizo pensar en ti. Lo escribió Lorena Gascón, una psicóloga que habla sin pelos en la lengua. El título ya lo dice todo: Querido cerebro, ¿qué coño quieres de mí?. En sus páginas dice algo que ojalá te hubieran contado antes: las emociones son la forma que tiene tu cerebro de hablar contigo.
Tu cerebro está en obras (y eso se nota)
Durante la adolescencia pasan muchas cosas que no se ven. Pero se sienten.
Tu cerebro está cambiando a toda velocidad. Las partes que te hacen sentir están súper activas (como si llevaras un altavoz dentro), mientras que las que ayudan a poner orden —calmar, pensar antes de actuar, planificar— aún están madurando.
¿Resultado? A veces todo se te hace un mundo. Lo pequeño se vuelve enorme. Lo que antes no te importaba, ahora te duele. Lo que antes te motivaba, ahora te da igual.
Sientes mucho, pero aún no sabes del todo cómo manejar eso que sientes. No es drama. Es desarrollo.
No es que estés loco. Es que tu cerebro está aprendiendo a funcionar de una forma nueva.
Y como cualquier aprendizaje… lleva tiempo, necesita práctica, ensayo, error, cuidado, margen.
Las emociones no son el problema
A veces sentimos rabia, tristeza, miedo, celos, vergüenza… y lo primero que queremos es quitárnoslo de encima.
Pero las emociones no vienen a fastidiarte. Vienen a contarte algo.
👉 La rabia, por ejemplo, te avisa de que algo te importa.
👉 La tristeza te ayuda a parar y cuidarte.
👉 El miedo te protege.
👉 La vergüenza… bueno, esa a veces se pasa de pesada, pero también quiere ayudarte a encajar.
Todas tienen una función. Todas son válidas. Lo difícil es escucharlas sin que te arrastren.
Ignorar lo que sientes no lo hace desaparecer
¿Sabes qué pasa cuando escondes una emoción debajo de la alfombra? Que no desaparece. Se queda ahí, esperando su momento para salir… y a veces lo hace de golpe, de formas que no entiendes: ansiedad, peleas, tristeza que no sabes de dónde viene.
Por eso es tan importante aprender a mirar lo que sientes. A ponerle nombre. A contarlo, aunque sea poco a poco.
Puede ser a una persona de confianza, a un diario, a tu profe de tutoría, a quien tú elijas. Lo importante es no tragarte todo sin digerir.
Y si estás leyendo esto como madre, padre o adulto que acompaña: a veces no hace falta entender del todo. Basta con estar. Con no minimizar. Con no huir cuando la emoción se pone intensa.
Sentir no es un error. Es una parte de estar vivo.
Y en esta etapa de tu vida —que sí, a veces es un terremoto— lo que más necesitas no es que te digan “no pasa nada”, sino que alguien se siente contigo a mirar qué está pasando.
Ojalá encuentres esa persona. Ojalá también seas esa persona para alguien más.
Gracias por quedarte un rato conmigo. Ojalá también contigo, traduciendo emociones.

Deja un comentario