¿Y si no se tratara de tener razón?
Hay un momento en la adolescencia en el que parece que todo son discusiones.
Con tu madre, con tu mejor amiga, con el profe que te tiene manía (¿seguro?), incluso contigo mismo.
Y en todas ellas, hay algo que se repite: el deseo de tener razón. De ganar. De salir “bien parado”.
Pero… ¿y si ganar no fuera lo más importante?
Stephen Covey plantea una idea que a mí me removió:
«La mayoría de la gente no escucha con la intención de comprender, sino con la intención de responder.»
Y claro, cuando vas por la vida así, no construyes vínculos, levantas muros.
Lo que haces con los demás también te lo haces a ti
A veces, sin darnos cuenta, nos ponemos en modo defensa.
O en modo ataque.
O en modo “a mí nadie me pisa”.
Y ahí dejamos de ver al otro como una persona… para verlo como una amenaza.
O como un obstáculo.
O simplemente como alguien que “no me entiende”.
Pero cuanto más te atrincheras, más solo te sientes.
Cuanto más gritas, menos te escuchan.
Cuanto más ganas… menos conectas.
Y eso, en la adolescencia —cuando las relaciones importan tanto— puede doler más que un suspenso.
Hay otra forma de estar en el mundo
No se trata de ceder siempre.
Ni de dejarte pisar.
Ni de callarte por no discutir.
Se trata de buscar ese espacio en el que yo gano y tú también.
Un punto medio. Un acuerdo. Un gesto de respeto.
Como ya decía en otro post:
Respetarte para respetar: la raíz de todo
Esa es la clave. Que puedas decir lo que piensas sin herir.
Y que cuando el otro habla, no estés pensando en qué vas a contestar…
sino en qué está sintiendo.
Lo que descubres cuando escuchas de verdad
A veces creemos que ya sabemos lo que la otra persona va a decir.
O que no tiene sentido hablar, porque “no va a cambiar nada”.
Pero si en vez de eso, eliges escuchar con presencia —aunque sea una vez—, te puede sorprender lo que pasa.
A lo mejor descubres que tu madre también tiene miedo.
Que tu colega no estaba tan bien como decía.
Que ese profe… también tiene días malos.
Y no, no es justificar.
Es comprender. Y desde ahí, decidir mejor.
No desde la rabia, sino desde la conciencia.
Cuando se juntan dos que no compiten
¿Sabes qué pasa cuando dos personas se relacionan sin querer ganar?
Que aparece otra cosa. Algo que no se compra ni se fuerza:
la colaboración.
Esa sensación de estar creando juntos.
De que no tienes que demostrar nada.
De que puedes ser tú sin miedo.
Lo has vivido, ¿verdad?
En algún trabajo en grupo que funcionó.
En una conversación de madrugada.
En esa vez que alguien no te interrumpió, y te escuchó de verdad.
Ahí hay algo sagrado. Algo que sostiene.
Y que puedes volver a elegir.
Tal vez no se trate de entender todo.
Pero sí de mirar con otra intención.
¿Y si hoy pruebas a no reaccionar enseguida?
¿A hacer una pausa antes de juzgar?
¿A preguntarte cómo se siente la otra persona?
No es fácil. Pero vale la pena.
Porque cuando lo haces, cambia el tono. Cambia la energía. Cambia la relación.
Y a veces, eso también cambia el día.
Porque entender al otro no te quita valor. Te lo multiplica.
Gracias por quedarte un rato conmigo. Ojalá también contigo, empezando a comprender.

Deja un comentario