Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Fear that’s a big emotion

Adolescente con capucha sentado frente a una montaña rusa al atardecer, en actitud reflexiva.

Hay una estrofa de la canción You are your mother’s child, de Conor Oberst, que se me quedó clavada cuando la escuché hace años. Decía:

Tears will dry if you give them time,
life’s a roller coaster, keep your arms inside.
Fear that’s a big emotion.

Me atrapó esa última línea. No por lo poética. Sino por lo honesta. Porque el miedo es eso: una emoción grande. Que no se esconde. Que se cuela en el pecho, en la voz, en los planes. Y que a veces ni siquiera se nombra. Solo se siente.

No quiero escribir sobre cómo vencerlo. No quiero dar fórmulas ni atajos, que ni yo sé aplicar todavía. Quiero hablar del miedo como quien se sienta con él en una estación. Sin echarlo. Sin callarlo. Solo escuchándolo.

El miedo no es enemigo, es mensajero

Desde fuera, parece un estorbo. Una barrera. Algo que hay que quitar de en medio para avanzar. Pero si lo miramos de cerca, creo que el miedo también cuida. Nos avisa de un riesgo, nos alerta de un cambio, nos protege de una caída. Como cuando vas a 120 km/h en moto por la autovía, a escasos centímetros del asfalto, protegido solo por tela y plástico…

El problema no es sentir miedo. Es vivir a merced de él. Es no entender por qué aparece. Es creer que somos débiles por temblar.

Pero el miedo no llega para paralizarte. Llega para avisarte de que algo te importa. Y eso, en el fondo, también es una buena noticia.

Crecer es también asustarse

Durante la adolescencia —y durante la vida— hay muchos momentos en los que da miedo avanzar. Porque crecer no es solo aprender cosas nuevas. Es dejar atrás lo que ya no encaja. Y eso da vértigo.

Miedo a no estar a la altura. A no encajar. A decepcionar. A elegir mal. A quedarse solo. A no saber quién eres.

No es raro que aparezca. Es lógico. Estás construyéndote. Estás dejando la orilla sin saber aún cómo será la otra.

Y como decía la canción… esto es una montaña rusa. Subes, bajas, giras, gritas. Y sí: hay que llevar los brazos dentro. Porque a veces la emoción sacude fuerte. Y eso también es parte del viaje.

No siempre es racional, pero siempre es real

A veces no sabes de dónde viene. No hay un tigre delante. No hay peligro real. Y sin embargo, el cuerpo se tensa. La mente corre. El estómago se encoge.

Es que el miedo no vive solo en la lógica. Vive en los recuerdos, en las expectativas, en las veces que algo dolió y no supiste qué hacer con eso.

Por eso no se trata de justificarlo. Ni de burlarlo. Se trata de reconocerlo. De hacerle sitio sin que tome el control del volante.

Puedes decirle: “Sé que estás ahí. Gracias por avisar. Pero hoy, decido yo”.

Aprender a vivir con él, no contra él

Ojalá enseñáramos esto más a menudo. Ojalá en lugar de decir “no tengas miedo”, dijéramos: “está bien tenerlo. Vamos a entenderlo juntos”.

Porque no es un error sentirlo. Es parte del equipo emocional que nos ayuda a vivir. Lo importante es que no se convierta en director de orquesta.

Y para ello, podemos empezar nombrándolo. Escuchándolo. Compartiéndolo. Respirando en él. Escribiéndolo, si hace falta. Mirándolo con ojos curiosos, no sintiendo vergüenza porque haya aparecido.

A veces, solo necesitas que alguien te diga que no estás loco por sentir miedo. Que tiene sentido. Y que no estás solo.

Tal vez no se trate de quitar el miedo, sino de hacerle hueco sin que ocupe todo

Pienso en mis estudiantes. En mis futuros hijos, si algún día llegan. Y me gustaría que, cuando sientan miedo, no se escondan. Que no lo vivan como un fallo, con vergüenza.

Que lo vean como una señal. Como una puerta que se abre, aunque dé respeto cruzarla.

Porque creo que el miedo no se vence, como nos enseñan en las pelis. Se abraza. Se observa. Se comprende. Se transforma.

Y cuando eso pasa… deja de ser jaula para ser brújula.

¿Qué miedo está llamando a tu puerta últimamente?
¿Y si, en lugar de cerrarla, te sentaras a escuchar lo que quiere contarte?

Gracias por quedarte un rato conmigo.
Ojalá también contigo, comprendiendo al miedo.


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