Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Cuando te miras con ternura, el mundo cambia de forma

Dos figuras adolescentes en un camino rodeado de vegetación. Una se abraza a sí misma y la otra le acompaña con una mano en su hombro y otra en el pecho, mostrando un gesto de compasión.

A veces no necesitas respuestas. Solo una forma distinta de mirar lo que sientes.
Porque hay días en los que fallas un examen, discutes con alguien que quieres, haces daño sin querer… y en lugar de abrazarte, te lanzas dardos:
“Qué tonto soy.”
“Siempre la cago.”
“Me odian.”

Y justo ahí, cuando más duele, aparece una elección que casi nadie enseña:
¿Te hablas con dureza o te acompañas con compasión?

No se trata de consolarte. Se trata de no dejarte solo.

La compasión no es lástima. No es excusa. Tampoco es decirte que todo está bien cuando no lo está.
Es más bien como una mirada suave. Esa con la que alguien que te quiere mucho te diría: “estás en medio del caos, pero sigo aquí.”

¿Te has hablado así alguna vez?

Cuesta. Porque a veces estamos tan entrenados en el auto-castigo, que tratarnos bien nos parece flojo, de débiles. Como si solo mejoráramos si nos empujamos, si nos gritamos, si nos comparamos.
Pero no. La compasión no debilita: reconstruye.
Es la fuerza de seguir caminando cuando el barro te llega a las rodillas.

Cuando te entiendes, algo se acomoda por dentro

Brené Brown lo explica más o menos así: compasión es reconocer que todos estamos en el mismo lío. Que sentir vergüenza, rabia, agotamiento o miedo… no te hace raro. Te hace humano.

Y cuando empiezas a quedarte contigo sin juzgarte, algo cambia.
Empiezas a escuchar esa voz que antes se tapaba con gritos.

¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que te hablaste con cariño después de fallar?

Tal vez no lo recuerdas. Tal vez nunca lo hiciste.
Pero puedes empezar hoy.

Ser compasivo no es decir sí a todo

Aquí va algo clave: la compasión también tiene límites.

No puedes acompañarte si te abandonas por complacer.
No puedes sostener a otro si te estás derrumbando por dentro.

A veces, ser compasivo contigo implica decir no.
“No puedo quedar hoy, necesito descanso.”
“No voy a escuchar eso ahora, me está haciendo daño.”
“No estoy bien, y eso también importa.”

Decirle a tu colega que hoy no puedes hablar porque tú también estás mal… no te hace egoísta. Te hace honesto.

Ser compasivo es escucharte.
Y desde ahí, decidir qué cuidar… y qué soltar.

¿Qué parte de ti estás intentando sostener sin romperte?

Mirar con ternura, también hacia fuera

Cuando te tratas mejor, empiezas a ver distinto.
Ya no reaccionas tan rápido. Ya no ves enemigos en cada esquina.
Empiezas a darte cuenta de que esa amiga que siempre está a la defensiva… tal vez está herida.
Que ese profe que parece frío… tal vez está cansado.
Que ese compañero que se burla de todo… quizá se burla de sí mismo sin saberlo.

No es justificar.
Es entender.
Y desde ahí, decidir cómo estar.

Cuando eliges mirar con compasión —sin dejarte arrastrar, pero sin dejar de ver— algo se ablanda. En ti. En el otro. En el vínculo.

Y eso, a veces, basta para que el día no termine roto.

Elegir mirarte con ternura… es empezar a cambiar la historia

Tal vez no se trate de tenerlo todo claro.

Tal vez se trate de poder decirte: “Estoy aquí. Aunque duela. Aunque no entienda todo. Aunque hoy me cueste.”

Y desde esa mirada, empezar a acompañarte de verdad.

¿Y si hoy, solo por un rato, eliges tratarte como tratarías a alguien que quieres mucho?

¿Y si la próxima vez que falles, en vez de castigarte… te das la oportunidad de entenderte?

¿Y si ese pequeño gesto hacia ti… es el inicio de una nueva forma de estar en el mundo?

Gracias por quedarte un rato conmigo.
Ojalá también contigo, mirándote con ternura.


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