Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Los límites que te enseñan a volar

Adolescente encapuchado de espaldas mirando una montaña rusa vacía en un paisaje nublado, simbolizando los riesgos de vivir sin límites.

Hay palabras que, nada más escucharlas, nos ponen a la defensiva. «Límite» es una de ellas.

Quizá porque suena a prohibición. A puerta cerrada. A alguien diciéndote «tú no puedes».

Y claro, ¿quién quiere que le digan lo que no puede hacer? Todos queremos sentirnos libres, decidir por nosotros mismos, vivir a nuestra manera.

Pero a veces, para poder volar de verdad, primero hay que saber dónde empieza el acantilado.

No son cadenas, son alas

Imagina que te subes a una montaña rusa donde no hay cinturones de seguridad, ni instrucciones, ni alguien que revise si todo está en su sitio.

Puede que al principio parezca emocionante. Pero muy pronto, la emoción se mezclaría con miedo. Porque sin ciertas reglas, lo que podría ser divertido se convierte en algo peligroso.

Los límites bien puestos no son muros que te encierran. Son como esos arneses en la montaña rusa: no te impiden sentir el vértigo, ni la adrenalina, ni la libertad. Pero te sostienen para que puedas vivirlo de verdad, sin caerte.

No te quitan libertad. Te ayudan a usarla mejor.

Límites que protegen, no que encierran

A veces los límites vienen de fuera: de quienes te quieren, te acompañan, te han visto tropezar antes.

Padres, madres, profes, personas que están a tu lado.

Puede que sientas que no confían en ti. Que te frenan cuando tú sientes que ya podrías volar.

Pero muchas veces, esos límites no vienen de la desconfianza. Vienen del amor. De la experiencia. De saber que hay riesgos que aún no ves, y querer ayudarte a aprender a tiempo, sin caídas que duelan más de la cuenta.

Nadie nace sabiendo vivir. Aprendemos. Cada día. Aprendemos a cuidar lo que sentimos, a elegir nuestras amistades, a respetar nuestro cuerpo, a construir nuestra historia. Y en ese aprendizaje, los límites no son castigos: son regalos de cuidado.

Donde empiezan tus límites, empieza tu libertad

Tal vez te suene alguna de estas situaciones:

  • Un amigo que siempre quiere que hagas lo que dice. ¿Dónde está tu límite para cuidarte?
  • Una red social que te roba horas de sueño. ¿Dónde marcas el límite para proteger tu descanso?
  • Un enfado donde las palabras hieren. ¿Dónde pones el límite que separa discutir de hacer daño?

Cada vez que eliges poner un límite sano, te estás eligiendo a ti. Te estás diciendo: «Me respeto». «Te respeto». «Elijo vivir mejor».

Los límites no son cadenas. Son alas. Son el primer acto de amor propio que puedes regalarte.

Aprender a poner tus propias señales

Con el tiempo, aprenderás a trazar tus propios límites. A ti mismo, cuando algo no te haga bien. A los demás, cuando crucen una línea que no quieres que crucen. A las situaciones que te arrastren lejos de quien quieres ser.

Y entonces mirarás hacia atrás, y entenderás que esos «no» que alguna vez te molestaron, esos frenos, esas advertencias, no eran castigos.

Eran cariño. Eran fe en tu capacidad de crecer. Eran acompañarte hasta que pudieras cuidarte también a ti.

No todo límite es perfecto. No todo «no» está bien puesto. Pero cuando vienen del amor verdadero, no buscan encerrarte. Buscan ayudarte a volar.

Y tú, ¿qué límite sano te gustaría poner hoy para cuidarte mejor?

Gracias por quedarte un rato conmigo. Ojalá también contigo, aprendiendo a trazar alas, no muros.


Descubre más desde Palabras que acompañan

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comentarios

Deja un comentario