En mi despacho, justo al lado de la ventana, tengo colgada una cuadrícula inmensa: cada casilla representa una semana de vida, suponiendo que viviéramos unos 90 años. Cada semana que pasa, tacho una. Y al mirar ese mural, veo que poco más de un tercio ya está cubierto de pequeñas cruces.
Desde hace más de tres años, también llevo en la muñeca un brazalete de plata, de esos que parecen vikingos, que recogí al volver de un viaje en moto de tres días en solitario. Grabado en mi interior, como en ese brazalete, llevo el «memento mori»: ese recordatorio de que la vida no es infinita.
Una conversación que cambió mi forma de mirar
No siempre lo tengo presente. A veces se convierte en parte del paisaje, como la cuadrícula de la pared. Hay días que se pasan sin haberme detenido a pensar en ello, enredado en pequeñas urgencias o distracciones que no dejan huella. O disfrutando de grandes momentos. Pero otras veces, su presencia discreta me ayuda a detenerme, como un susurro amable que me recuerda: «Recuerda que vas a morir, elige bien en qué pones tu corazón».
Intento tenerlo presente. No siempre lo consigo. Pero cada vez que lo hago, me ayuda a poner en perspectiva muchas cosas: a soltar discusiones pequeñas, a aflojar la necesidad de tener razón, a recordar que la vida es demasiado corta para vivirla en piloto automático.
Sin embargo un día, durante una comida larga y sin prisa, mi antiguo profesor de filosofía —y amigo— me ofreció otra mirada. Hablábamos de todo y de nada, hasta que comenté lo del “memento mori” estoico y él me habló de la visión de Spinoza. Y entonces algo dentro de mí se abrió.
«No basta con recordar la muerte para vivir mejor», o algo así me dijo. «Hace falta también recordar que estás vivo.»
Vivir con más corazón: la mirada de los estoicos
Marco Aurelio, Séneca… Ellos me enseñaron a intentar vivir despierto. A tratar de no perderme en lo pequeño. De no aplazar para mañana lo que importa de verdad.
Cuando algo me molesta, en ocasiones, consigo preguntarme: «¿Vale la pena gastar mi tiempo en esto?»
No se trata de dramatizar. Se trata de usar el tiempo como si fuera un regalo fugaz: abrazar a quien quiero, perdonar o dejar ir más rápido, decir «gracias» sin esperar el momento perfecto.
Para los estoicos, recordar la muerte no era tristeza: era claridad. Era un ancla. Una forma de no dejarse arrastrar por las pequeñas tormentas del día a día.
Vivir desde la alegría de ser: la visión que me regaló Spinoza a través de mi amigo y profesor
Pero aquel día, entre platos y migas de pan, entendí que podía ir más allá.
Spinoza no proponía obsesionarse con el final. Proponía vivir desde la alegría de ser parte de la vida. No vivir contra el miedo, sino a favor de la existencia.
Mirar lo que puedes hacer, lo que puedes comprender, lo que puedes transformar… Entendí. Eso también es memento mori: recordar que existes, y que tu existencia puede ser una fiesta de comprensión, de amor, de pequeños actos de alegría.
Desde entonces, mi memento mori es una mezcla de ambos.
Recuerdo que moriré… para vivir mejor. Pero también recuerdo que estoy vivo… para para movilizarme desde la pasión y el amor, no desde la sensación de “aprovechar el tiempo”, para que la luz del instante no se apague.
Una invitación suave
Recordar que somos finitos no es una amenaza. Tampoco es una excusa para vivir corriendo ni para cargar culpas que no nos pertenecen.
Es, tal vez, una invitación. Una puerta abierta cada mañana que susurra:
— ¿Qué quiero cuidar hoy? — ¿A quién quiero agradecer? — ¿Qué pequeño acto de alegría puedo regalarme?
No se trata de cambiarlo todo. No se trata de vivir con la sensación de reloj de arena en la espalda.
Se trata, quizá, de no olvidar que cada tarde, cada sonrisa, cada palabra que compartes… es única.
Quizás no necesitas correr más. Quizás basta con quedarte un rato más en lo que ya está.
Porque vivir plenamente no es vivir para siempre. Es vivir ahora. Con los pies en la tierra. Con el corazón disponible.
Gracias por quedarte un rato conmigo. Ojalá también contigo, recordando que vivir es, también, un acto de amor.

Deja un comentario