A veces siento que tengo mil pestañas abiertas… incluso cuando no estoy frente al ordenador. Una parte de mí quiere concentrarse. Otra salta al móvil cada cinco minutos. Otra recuerda algo que olvidó. Otra se siente mal por no estar rindiendo más.
Y no, no eres el único al que le pasa.
Vivimos en un mundo que compite por tu atención cada segundo. Literalmente. Cada notificación, cada vídeo, cada mensaje nuevo está diseñado para capturar un pedazo de ti. Y cuanto más tiempo te quedas, más gana el sistema… aunque tú sientas que pierdes algo sin saber muy bien qué.
Tu atención no es infinita. Ni neutral.
Imagina que tu atención fuera una linterna. Allá donde la enfoques, eso crece. Pero claro… si estás todo el rato moviendo la linterna de un sitio a otro, sin pararte, sin elegir realmente, lo que iluminas apenas se deja ver. Y acabas agotado.
Lo que quizá no te han contado es que tu atención es un músculo. No solo se usa: se entrena. Y también se rompe, si no la cuidas. Vivir con la atención fragmentada —esa sensación de estar en mil sitios sin estar del todo en ninguno— no es solo un efecto secundario de las pantallas. Es una forma de vida que termina afectando cómo piensas, cómo estudias, cómo te relacionas, incluso cómo te hablas a ti.
Y lo peor es que cuanto más dejas que el mundo decida por ti a qué prestas atención… menos capacidad tienes de decidir tú.
No todo lo que te engancha… te enriquece
No, no estás mal por querer ver vídeos, memes o scroll infinito. Están hechos para eso. No es debilidad: es diseño. Lo que sí conviene mirar con calma es cuándo dejas de tener el control.
Hay apps, juegos, series, sonidos y colores que estimulan el sistema de recompensa de tu cerebro. Cada “like”, cada “nuevo contenido” suelta una pequeña dosis de dopamina. Y eso se siente bien. El problema es cuando se vuelve la única fuente de estímulo. Cuando ya nada “normal” te interesa tanto como estar pegado a una pantalla.
Entonces estudiar parece aburrido. Estar en silencio parece insoportable. Pensar en tus cosas, a solas, se vuelve incómodo.
¿Y sabes qué? No es porque tú seas menos capaz. Es porque el sistema no fue pensado para tu bienestar. Solo para tu permanencia.
Elegir a qué prestas atención… es elegir quién decides ser
Aquí viene lo importante. No se trata de culpar a las pantallas ni de prohibir su uso. Se trata de preguntarte: ¿quién decide a qué le prestas atención?
Porque tu atención es lo que configura tu mundo. Lo que miras, lo que escuchas, lo que consumes… acaba moldeando lo que piensas, lo que sientes, incluso lo que sueñas.
Puedes pasar una hora viendo lo que otros hacen. O puedes usarla para construir lo tuyo.
Puedes seguir reaccionando a lo que te llegue… o empezar a elegir desde dentro.
A veces, basta con poner el móvil boca abajo. Con darte diez minutos para estar contigo. Con escribir algo en tu diario. Con salir a caminar sin auriculares. Con sentarte a no hacer nada… y observar qué pasa por dentro sin cambiar de pestaña.
No es un castigo. Es una invitación.
A entrenar tu atención como quien entrena un músculo que quiere cuidar.
Porque lo que haces con tu atención… también te lo haces a ti
¿Y si empezaras a mirar tu atención como una forma de amor propio?
Porque al final, no es solo una cuestión de productividad. Es una cuestión de presencia. De libertad. De poder volver a ti cuando el ruido de fuera se hace demasiado fuerte.
Y aunque al principio cueste, cada minuto que recuperas… también te recupera a ti.
Gracias por quedarte un rato conmigo.
Ojalá también contigo, eligiendo a qué le das tu luz.

Deja un comentario