Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Lo que haces… o no haces

Cuaderno abierto con una lista de tareas parcialmente tachada, iluminado por la luz cálida del atardecer junto a una ventana.

A veces, no hace falta que nadie nos juzgue: ya lo hacemos nosotros. Nos decimos que esta vez sí. Que empezamos hoy. Que a partir de ahora… Pero pasan las horas, pasan los días, y nada cambia del todo.

No es que no queramos. Es que cuesta. Cuesta hacer lo que dijimos que íbamos a hacer. Cuesta levantarse cuando no apetece. Cuesta sostener una promesa que hicimos en un momento de motivación, pero que ahora pesa más que entusiasma.

Y sin embargo, ahí —en ese punto exacto donde empieza la incomodidad— también empieza la libertad.

Decirlo en voz alta

Hay algo poderoso en decir lo que quieres hacer. En comprometerte contigo, aunque sea en silencio. «Voy a entrenar tres veces por semana.» «Voy a dejar de dejarlo todo para el último día.» «Voy a ser más amable con mi hermana.»

Pero cuidado: prometer sin pensar es como escribir con tinta invisible. Suena bonito, pero no deja huella.

Antes de decir «sí», párate un momento. ¿Tiene sentido para ti? ¿Va con lo que valoras? ¿Puedes sostenerlo con la vida que tienes ahora?

No se trata de hacer planes imposibles, ni de exigirte como si fueras un robot. Se trata de elegir desde la honestidad. Desde la coherencia. De que tus palabras no sean humo, sino brújula.

Porque cuando haces lo que dijiste que harías, algo dentro se alinea. Te respetas. Y eso… se nota.

Hacerlo aunque no apetezca

Ahora viene lo difícil. Lo que marca la diferencia.

Porque una cosa es tener claro lo que quieres. Y otra muy distinta es hacerlo en el día en que no tienes ganas. Cuando estás cansado. O distraído. O triste. O simplemente… no te apetece.

Ahí entra en juego algo que no siempre nos enseñan: la disciplina amable.

No esa que grita y castiga. Sino la que dice: «Sé que no te apetece. Pero elegiste esto por algo. Vamos a hacerlo igual, un paso cada vez.»

La motivación es un lujo inestable. La disciplina, en cambio, es un acto de amor. Un recordatorio de que tú puedes sostenerte. Que eres capaz de cumplirte. Que no todo tiene que depender de cómo te sientas en cada momento.

Y ojo: no se trata de forzarte a lo bestia. Se trata de cuidar lo que dijiste que te importaba. Aunque hoy cueste. Aunque hoy no brille.

Lo que eliges sostener, te sostiene

Hay días que lo haces. Y días que no. Pero si lo sigues intentando, estás entrenando algo mucho más grande que la constancia: estás entrenando tu confianza en ti.

Cada vez que te cumples, aunque sea en algo pequeño, algo dentro se fortalece. Tu palabra empieza a tener peso. No solo para los demás, sino para ti.

Y cuando eso pasa… cambia todo. Porque ya no necesitas que nadie te vigile. Ya no necesitas demostrar nada. Simplemente, sabes quién eres. Y actúas en consecuencia.

Eso es madurar. Eso es crecer desde dentro.

¿Y tú? ¿Qué te prometiste la última vez?

¿Lo elegiste desde la prisa o desde lo que realmente te importa? ¿Te estás acompañando con exigencia o con respeto?

Tal vez no se trata de hacer más cosas. Tal vez se trata de sostener con cariño lo que tú mismo dijiste que querías sostener.

Gracias por quedarte un rato conmigo. Ojalá también contigo, cumpliéndote a ti, paso a paso.


Descubre más desde Palabras que acompañan

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comentarios

Deja un comentario