Hay días en los que parece que el mundo está hecho para otros. Otros gustos, otras conversaciones, otras formas de encajar. Días en los que sientes que hablas un idioma que nadie más entiende. Como si fueras un personaje de otro cuento, sentado en mitad de un patio que no te pertenece. Y lo peor es cuando empiezas a preguntarte si el raro eres tú. Si hiciste algo mal. Si deberías cambiar.
A veces no es que te digan nada, es lo que no dicen. Las miradas que esquivan, las risas que no compartes, los grupos donde siempre falta sitio para uno más. Como si llevaras colgado un cartel que dijera «otro tipo de persona». Y eso duele, aunque no lo cuentes. Aunque finjas que no te importa.
El valor de ser diferente (aunque duela)
No te estás inventando nada. La sensación de no encajar es real. Y no, no es culpa tuya. No estás roto, ni eres menos, ni estás por detrás. Eres diferente. Punto. Y eso es valioso, aunque ahora no lo parezca.
La sociedad muchas veces funciona como un molde que aprieta. Quiere que todos seamos fáciles de entender, de clasificar. Pero tú tienes esquinas, aristas, colores que no encajan en lo que se espera. Y eso, aunque a veces duela, es un regalo. Un regalo incómodo, sí. Pero poderoso.
Yo también fui perro verde. En el instituto, mientras otros hablaban de fútbol o de marcas, yo me perdía en libros de mundos imaginarios y escuchaba música que nadie conocía o ignoraban. Me debatí muchas veces entre luchar por encajar, dejarme llevar o defender mis diferencias y lucirlas.
Al final opté por lo último. Pelo largo, gustos manifiestos que no eran populares… Convertí mis rarezas en una especie de escudo. Como dice Tyrion Lannister: «nunca olvides lo que eres, el resto del mundo no lo hará. Llévalo como una armadura, y nunca podrá ser usado para hacerte daño». Así, utilicé mis diferencias como arma.
Aunque sí, muchas veces dolía.
No estás tan solo como parece
Hay más gente como tú. Aunque no se vean a simple vista. A veces están en otra clase. O en el club de rol del viernes. O en esa academia donde se habla tu idioma sin necesidad de traducir. Incluso hay adultos que te entienden más de lo que imaginas. Profes que un día también fueron los raros de su clase. Familias que aunque no lo digan muy bien, quieren verte feliz siendo tú.
Búscalos. Ábrete cuando encuentres un lugar seguro. Elige tus círculos con cariño. No hace falta encajar en todos lados. Solo en los que sí te dejan ser.
No cambies tu esencia para gustar
No te conviertas en un espejo de lo que se espera solo para que te aplaudan. La autenticidad a veces se paga cara, pero siempre vale más que el aplauso fácil. Es mejor gustarte a ti que ser aprobado por quienes no te ven de verdad.
Eso no significa que no duela. Que no quieras desaparecer a veces. Que no te preguntes por qué tiene que ser tan difícil. Pero dentro de ti hay una llama que no debe apagarse. Porque justo esa llama, la que ahora parece una molestia, es lo que un día alumbrará a otros. A quienes aún no se atreven a ser como son.
Y si el mundo está enfermo…
…no es tu tarea curarlo, pero sí puedes aprender a no enfermar con él. No confundas normalidad con salud. A veces lo más dañado es lo que más se celebra. La competitividad salvaje. Las apariencias. El desprecio por lo distinto. No te lo tragues. No lo hagas tuyo.
Ser diferente en un mundo enfermo es una forma de resistencia. Una pequeña revolución silenciosa.
¿Y si en vez de cambiar para encajar, buscaras los lugares donde encajas sin cambiar?
Gracias por quedarte un rato conmigo. Ojalá también contigo, siendo como eres, aunque a veces duela. Aunque a veces cueste.

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