Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Cerrando un ciclo… y abriendo ventanas nuevas

Ventana de balcón abierta, con cortinas movidas por la brisa, mostrando un camino de tierra entre árboles iluminado por la luz dorada del atardecer.

Hace unas semanas, me propuse un pequeño reto: escribir durante 30 días seguidos, dejando en este blog pedacitos de lo que -ahora con treinta y pico años- creo que me habría gustado saber a mis quince años.
Un proyecto íntimo. Real. Con la principal aspiración de construir un espacio que pudiera acompañar a quien quisiera asomarse.

Hoy, ese primer ciclo se ha cumplido.
Las 30 entradas de «Lo que me habría gustado saber» ya tienen cuerpo. Ya tienen latido.
Y ayer, en uno de esos días que guardas para siempre, pude compartirlo, por fin, con mis alumnos de tutoría.

Un momento que no cabía en las palabras

No empezamos hablando del blog. Ni de proyectos.
Empezamos por nosotros.

Aún venían con el ruido de un examen complicado en la cabeza, así que lo primero fue aterrizar juntos respirando, como solemos hacer ya desde hace unos meses.
Sin prisas. Sin fórmulas. Sin notas.

Después, abrí el corazón.
Les leí extractos de algo que había leído esa semana, de la mano de Patricia Ramírez y su libro Somos fuerza:
Que la cultura del esfuerzo es necesaria para crecer, sí,
pero que necesita sostenerse en la compasión, no en la exigencia feroz ni en la perfección.

Les conté cómo a veces en la escuela —y en la vida— miramos más lo que falta que lo que ya hay. Más los errores que los pasos.
Y dediqué un momento a hablarles de esos pasos que podía ver en ellos.
A reconocer su constancia, su alegría, su forma de seguir viniendo cada día a pesar de la presión, el cansancio, los profes (como yo) que a veces llevamos nuestras propias mochilas y no siempre sabemos dejarlas fuera.

Y entonces, les pedí disculpas.
De corazón.

Por las veces en que la paciencia me falló.
Por los gestos, los tonos, las expectativas desbordadas.
Por no ser, todavía, todo lo buen profesor que sé que podría llegar a ser.

No para flagelarme.
No para buscar consuelo.
Solo para recordarles que también los adultos estamos aprendiendo.
Que nadie tiene la receta perfecta.
Que, como les dije, hacemos y pensamos en cada momento lo mejor que podemos.
Y que eso, en sí mismo, está bien.

Un aprendizaje que no es mío: me lo regaló hace años mi profesor de filosofía,
ese amigo que todavía hoy me recuerda que la ternura con uno mismo es más sabia que cualquier perfeccionismo.

Una manera de seguir estando

Después, entonces sí, les hablé del blog.
No como un escaparate. No como un manual.
Sino como una forma de seguir cerca,
cuando la tutoría termine,
cuando ellos den el siguiente paso,
cuando nuestros caminos diarios se separen un poquito.

Les dije el nombre. Les conté el porqué.
Les animé a visitarlo si alguna vez necesitaban una palabra que acompañara.
Sin obligación. Sin expectativa. Solo como un hilo tendido.

Y fue suficiente.
No leímos nada.
No forzamos nada.
Solo sembramos, en voz baja, la idea de que a veces las palabras pueden ser un hogar al que volver.

Proyectos que nacen desde la calma

Este blog empezó como un escaparate para acompañar tanto a adolescentes como a quien, a su vez, los acompañan. Desde mi experiencia y lo que puedo aprender por el camino.
Pero al día de nacer, surgió este subproyecto: 30 entradas, 30 días. “Lo que me habría gustado saber a tu edad”.
Y una vez terminado el subproyecto, cómo no, reflexionamos sobre el aprendizaje que conlleva.

Ponerse proyectos ayuda.
Ayuda a enfocar, a crecer, a salir del ruido.
Pero haciéndolo desde la autocomplacencia y la serenidad.
Desde la ternura hacia uno mismo, no desde la trampa del perfeccionismo.

Porque crecer no es exigirse hasta romperse.
Es construir paso a paso.
Es celebrar cada avance, aunque sea pequeño.
Es saber que el esfuerzo tiene sentido cuando se sostiene en la compasión.

Hoy sé que los proyectos a corto, medio y largo plazo son necesarios.
No para llenarnos de metas imposibles.
Sino para acompañar nuestro camino con un ritmo que sea humano. Que sea habitable.

¿Y ahora qué?

Ahora, el ritmo del blog cambiará un poquito.

Ya no habrá nuevas entradas cada día.
Publicaré una o dos veces por semana, según vayan llegando las ideas, los temas, las emociones.

Algunas de esas nuevas entradas seguirán ampliando el proyecto «Lo que me habría gustado saber», porque hay cosas que siguen naciendo, y otras que necesitan ser contadas más adelante.

Otras entradas serán ventanas nuevas, sobre todo aquello que merezca ser mirado con ternura:
crecer, equivocarse, acompañar, empezar de nuevo.

Porque el subproyecto termina, pero el blog no.
Simplemente cambia de forma.
Como cambian los lazos verdaderos:
no se rompen, solo se transforman.

Gracias por quedarte un rato conmigo.
Gracias por leer, por sentir, por acompañar desde el otro lado de la pantalla.
Gracias también, de nuevo, a quienes ayer me recordaron con su sola presencia que educar es, sobre todo, amar con imperfección valiente.

Seguimos caminando.
No con prisa.
No con peso.
Sino con la calma de saber que cada paso importa.

Nos leemos pronto.

Con tiza, corazón y preguntas.


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