Últimas semanas de curso.
Todo se acelera: los exámenes, las entregas, las dudas.
El cuerpo pide descanso, pero el calendario no espera.
Y ahí estás tú, intentando mantenerte a flote entre fechas, nervios y expectativas.
Hay días en los que parece que todo está en juego. Que si te despistas ahora, nada habrá valido la pena.
Y esa sensación, aunque no sea del todo cierta, pesa. A veces más que los propios exámenes.
Porque no solo estás resolviendo problemas o redactando textos: también estás lidiando con la presión, el cansancio, las expectativas ajenas y las tuyas.
No es raro que estés más irritable. Que duermas peor. Que te sientas cansado o cansada sin haber hecho “nada especial”.
Tu cerebro, tu cuerpo, tu ánimo… todo está sosteniendo mucho más de lo que se ve.
Y no, no es que no sepas organizarte.
No es que estés fallando.
Es que este ritmo, tal como está planteado, no siempre tiene en cuenta lo que las personas necesitan para aprender de verdad.
No estás roto ni rota. Solo estás intentando seguir en un sistema que no siempre cuida.
El instituto no es el enemigo. Pero tampoco siempre es refugio.
No porque haya mala intención, sino porque a veces las formas, los tiempos, la presión… hacen que la experiencia se vuelva una carrera de obstáculos.
Estudiar debería ser una forma de conocerte, de descubrir lo que te interesa, de conectar con el mundo.
Pero a veces se convierte en una maratón de temas que no entiendes del todo, de fechas que se acumulan, de “venga que ya queda poco” dicho con tono de urgencia.
Y claro, una se esfuerza. Uno se esfuerza. Porque quiere hacerlo bien. Porque no quiere defraudar.
Pero llega un punto en el que hasta respirar parece una tarea más.
No se trata de rendirse, ni de dramatizar.
Solo de reconocerlo: hay días que pesan más de lo que deberían.
Y hay semanas —como estas— en las que todo parece demasiado.
Nombrarlo también alivia.
Porque cuando entiendes que no es solo “cosa tuya”, algo se afloja por dentro.
La serenidad no es estar bien siempre. Es saber volver a ti.
Hay personas que parecen llevarlo todo perfecto.
Pero incluso ellas, a veces, también sienten que no llegan.
Ser sereno o serena no es estar en paz todo el rato.
Es encontrar formas de volver a ti cuando todo fuera va rápido.
Como quien se agarra a una barandilla mientras pasa la tormenta.
Patricia Ramírez lo explicaba en un podcast que escuché hace poco:
la felicidad es algo que viene y va.
Pero la serenidad… se entrena.
Y eso no significa exigirte calma.
Significa darte permiso para parar, aunque sea un momento.
No como una obligación más, sino como un gesto de respeto hacia ti.
Porque también tú importas. Incluso cuando no estás rindiendo al máximo.
Sobre todo entonces.
Pequeños gestos que no solucionan todo, pero ayudan
– Apoyar la espalda. Respirar hondo tres veces.
– Escribir en una nota “esto también pasará” y guardarla en el estuche.
– Dormir un poco más, si puedes.
– Decirte que no tienes que poder con todo hoy.
– Caminar en silencio un rato, sin auriculares.
– Poner límites suaves: decir “ahora no puedo” sin sentir culpa.
– Comer algo con calma, aunque sea solo una tostada.
Ninguno de estos gestos cambia el sistema.
Pero sí cambian el tono desde el que lo vives.
Y eso, en días como estos, puede marcar la diferencia.
Es como si llevaras un pequeño ancla dentro. No evita el oleaje, pero ayuda a no irte a la deriva.
A veces ese ancla tiene forma de escudo invisible -una calma que te acompaña por dentro, aunque por fuera todo se mueva-. Puedes leer más sobre eso aquí.
Si te cuesta estar bien… no estás solo ni sola.
No es raro. No es debilidad. No es falta de esfuerzo.
Es humano. Es comprensible. Es parte del camino.
Tú no eres menos por sentir que no llegas.
No eres peor por tener ansiedad o por no poder concentrarte.
No tienes que demostrar nada. Ni ahora ni nunca.
No sé cómo te sientes ahora mismo. Pero sí sé que no tienes que cargar con todo en silencio.
Y tampoco tienes que poder con todo hoy.
Solo cuidar un poco de ti, desde donde puedas, con lo que tengas.
Y si hoy no puedes… mañana será otro intento.
Esto también se entrena con pausa.
Porque tú no eres un examen. Ni un número. Ni un error.
Ojalá esto te quede claro:
Tu valor no se resume en una nota.
No está en el boletín, ni en los apuntes, ni en lo que consigas tachar de la agenda.
Hay formas más amables de mirar todo esto. Si te apetece, puedes leer esta entrada sobre cómo ponerle perspectiva emocional a las notas, sin dramatizar… pero también sin restarle importancia a lo que sientes.
Tu valor está en lo que estás intentando cada día. En tu forma de seguir, incluso cuando cuesta.
En todo lo que sostienes sin que nadie lo vea.
Tu valor está en que, pese a todo lo demás, sigues siendo capaz de amar… y de ser amada, ser amado.
No estás a prueba. Estás en proceso.
Y cada gesto de cuidado que tengas contigo… también es parte del aprendizaje.
¿Qué harías hoy si te trataras como tratarías a alguien a quien quieres?
Gracias por dedicarme un rato. Con tiza, corazón… y preguntas.

Deja un comentario