Hay días en los que miro a mi tutoría y me hago preguntas que no caben en el horario. Los veo quejarse entre clase y clase, con agendas llenas, cabezas saturadas y emociones sin sitio donde apoyarse. Y me pregunto si de verdad esto es educar.
No me malinterpretes: claro que hace falta aprender. Claro que los contenidos son importantes, o lo eran. Pero hay algo que me hace daño a la vista. Algo chirría cuando los veo hacer, hacer, hacer… sin tiempo de preguntarse si ese «hacer» les representa. Sin espacio para sentir si están creciendo por dentro, o solo cumpliendo por fuera.
A veces pienso que el sistema enseña a sobrevivir, pero no siempre a vivir. Y que nosotros, los adultos que los acompañamos, tenemos una oportunidad que no podemos dejar pasar.
No es hacer más. Es elegir desde dentro.
Vivimos en una cultura donde cuanto más haces, aparentemente, más vales. Donde parar parece un fallo. Donde el esfuerzo solo se reconoce si va acompañado de resultados visibles. Y claro, los adolescentes lo aprenden rápido y fuerza de suspensos o miedo a suspender. Aprenden que su valor está en las notas, en los logros, en la cantidad de cosas que son capaces de abarcar sin colapsar. Y si colapsan… aparece esa frase automática, casi institucionalizada: «pues si esto es ahora, imagina cuando estés en el mundo real». Como si el sufrimiento fuera un entrenamiento obligatorio, como si cuidar(se) fuera una debilidad.
Pero, ¿qué pasa si en lugar de añadir más tareas, más actividades, más exigencias… les ayudamos a parar un momento? A elegir. A pensar desde dónde hacen lo que hacen. A preguntarse: «¿esto me acerca o me aleja de la persona que quiero ser?»
No todos tienen la misma respuesta. Y eso está bien. Porque el objetivo no es tenerlo todo claro, sino aprender a caminar con más sentido.
No estoy solo en esta mirada. Patricia Ramírez lo expresa con mucha claridad en sus intervenciones: el valor no está en hacer más, sino en elegir desde los propios valores. En renunciar, no como pérdida, sino como forma de coherencia. Esa idea me ha acompañado estos días, y también me acompaña cuando miro a mi tutoría con más calma que urgencia.
El tiempo no se llena, se habita
En tutoría hablamos a menudo del tiempo. De lo urgente y lo importante. De las mil cosas que parecen imprescindibles pero que, si las miras de cerca, no siempre te construyen. De esa sensación de vivir en automático, cumpliendo sin elegir, tachando tareas sin saber por qué.
Yo mismo lo he vivido. Como profe, como adulto, como ser humano. Esa trampa de sentir que cuanto más hago, más valgo. Hasta que un día el cuerpo dice basta. O el alma. Llegan las crisis (la de los 20, los 30, los 40… o cuando sea). Y te das cuenta de que no se trata de hacer más. Se trata de hacer con presencia. Con dirección. Con alma.
Y el primer paso puede ser más sencillo de lo que parece: regalarse diez minutos al día para estar con uno mismo. No para producir. No para estudiar. Solo para escucharse. Para habitarse.
Educar para elegir, no para acumular
Me duele ver cómo algunos de mis estudiantes sienten que van tarde. Que tienen que decidirlo todo ya. Que equivocarse es fracasar. Como si su vida fuera una carrera con meta fija y sin pausas. Como si no pudieran explorar sin decepcionar a alguien.
Pero la vida no va de acertar siempre. Va de aprender a elegir con sentido y coherencia, ¿no? Y eso solo es posible si les enseñamos a mirar hacia dentro. A reconocer sus valores, sus ritmos, su voz.
Por eso insisto tanto en tutoría: no necesitas tenerlo todo claro. Solo necesitas ser honesto contigo. Y desde ahí, elegir. Aunque sea en pequeño. Aunque no tengas todas las respuestas. Porque cada vez que eliges desde lo que te importa, colocas un ladrillo más en esa casa interior que vas construyendo poco a poco. Con errores, con dudas, pero también con intención.
Sembrar sentido dentro del sistema
Sé que no siempre tenemos margen. Que el sistema tiene tiempos, presiones, estructuras que no siempre acompañan. Pero también sé que hay rendijas. Como esos minutos de charla antes de que suene el timbre. O una clase que empezamos respirando juntos. O cuando, en vez de repasar lo de siempre, abrimos un espacio para hablar de lo que sienten, de lo que el cuerpo pide, de lo que ya no da más. Ahí, en esas pequeñas grietas, cabe una semilla de sentido. Cabe otra forma de estar. Hay pequeños espacios donde podemos sembrar algo distinto.
Ahí, en esas pequeñas grietas, cabe una semilla de sentido. Cabe otra forma de estar. Y eso, aunque parezca poco, puede marcar la diferencia.
Tal vez no podamos cambiarlo todo. Pero podemos habitar el sistema de otra forma. Con más humanidad. Con más conciencia. Con más calma. Y desde ahí, invitar a nuestros estudiantes a hacer lo mismo.
¿Y si la revolución no fuera correr más, sino elegir mejor? ¿Y si la clave estuviera en acompañarlos no a hacer más, sino a vivir con sentido?
Gracias por acompañarme. Con tiza, corazón… y preguntas.

Deja un comentario