Hay cosas que todo el mundo celebra.
Una nota alta. Un premio. Un comentario del profe.
Y hay otras que no se dicen. Que nadie menciona. Que parecen pequeñas… pero no lo son.
Como cuando decides volver a clase después de una pelea.
Como cuando aguantas las ganas de llorar en el baño, para no preocuparte más.
Como cuando te acercas al compañero que siempre está solo, aunque nadie más lo haga.
O cuando simplemente te levantas y vienes, aunque no te apetezca nada.
Eso no se subraya en rojo. No lleva sello de “excelente”.
Pero habla de ti. Y mucho.
Lo que no se ve, pero permanece
No todo lo que haces deja rastro en los apuntes o en la agenda.
Pero eso no significa que no cuente.
A veces lo más importante pasa por dentro:
– Esa vez que hiciste un trabajo en grupo sabiendo que te iba a tocar tirar del carro… y lo hiciste igual.
– Esa mañana que estudiaste con dolor de cabeza porque sabías que necesitabas ese rato.
– Esa charla incómoda que no diste, pero para la que te preparaste.
– Ese “perdón” que no dijiste en voz alta, pero que empezó a sonar dentro de ti.
Nadie vio eso. Pero tú lo viviste. Y eso es lo que importa.
No necesitas demostrar nada
Hay días en los que parece que si no haces algo visible, no existes.
Que si no sacas buenas notas, no vales.
Que si no eres “el mejor en algo”, pasas desapercibido.
Pero tú no tienes que destacar para merecer.
Tu valor no depende de un resultado.
No está en tus aciertos, ni en tu lista de tareas tachadas.
Está en cómo te habitas.
En cómo atraviesas lo que vives, aunque no salga perfecto.
En todo lo que sientes, piensas, decides… aunque no lo compartas con nadie.
Y también —y sobre todo— está en tu capacidad de amar y de dejarte amar.
De vincularte, de acompañar, de recibir compañía.
De ser refugio, o de dejarte cuidar cuando tú lo necesitas.
Incluso en los días en que no puedes con todo.
Incluso cuando te equivocas.
Eso no lo mide ningún sistema. Pero ahí está lo esencial.
Como las raíces: están, aunque no se vean
Un ejemplo: Julia, una alumna que apenas habla en clase, pero que siempre recoge los libros de la estantería al terminar. Nadie se lo pidió. Nunca se lo han agradecido. Pero ahí está.
O Mario, que nunca levanta la mano, pero pasa los apuntes a su compañera cuando falta.
O Clara y Marc, que siguen esforzándose en Educación Física aunque no les guste su cuerpo, y cada clase les cuesta más de lo que imaginas.
Esos gestos no tienen nota. Pero son parte de lo que eres.
Y aunque nadie los ponga en un informe… te sostienen.
Como las raíces. Invisibles, sí. Pero necesarias.
Reconocer no es evaluar
Tal vez este curso no haya sido brillante.
Tal vez has suspendido asignaturas, te has alejado de alguien, o no has conseguido eso que esperabas.
Pero eso no borra todo lo que has atravesado. Ni lo que has cuidado. Ni las veces que te has aguantado, que has escuchado, que has decidido seguir.
Reconocerlo no es justificar nada.
Es darte permiso para mirar más allá del boletín.
Para saber que hay partes de ti que han crecido… aunque nadie te lo haya dicho.
¿Qué parte de ti ha estado presente todo este tiempo, aunque casi nadie la viera?
Gracias por leer. Con tiza, corazón… y preguntas.

Deja un comentario