Durante años pensé que amar bien —o educar bien, o simplemente acompañar— era ayudar al otro a cambiar. Señalarle sus errores con delicadeza… o sin ella, a veces. Mostrarle alternativas. Insistir en lo que “debería ver”. Como si querer de verdad implicara transformar al otro. Para su bien, claro. O eso me decía.
Y cuando no cambiaba, me frustraba.
No lo decía en voz alta, pero por dentro… me dolía. Me sentía impotente. A veces incluso herido. Como si no bastara con el cariño, con la intención, con todo lo que estaba poniendo en juego.
Pero ahora —menos mal— empiezo a entender que quizás estaba confundiendo cosas.
Todavía estoy aprendiendo a mirar distinto
No quiero pretender que ya lo tengo claro. Ni que siempre lo aplico al pie de la letra. Todavía hay momentos en los que salto demasiado rápido a dar consejos. A corregir con buena intención. A explicarle a alguien por qué no debería hacer eso, o cómo podría ser mejor persona si cambiara tal o cual cosa.
Y todavía me frustro… vaya que si me frustro.
Y sin embargo, algo dentro ya ha empezado a moverse. Empiezo a escuchar esa voz que me recuerda que acompañar no siempre significa intervenir. Que a veces, lo más valioso que puedo ofrecer es mi presencia sin exigencias. Ser calma cuando haya tempestades… o simplemente desconcierto.
Sin rendirme. Respetando. Confiando.
En la educación, el cambio se convierte en deber
Tal vez este aprendizaje personal se me hace más difícil porque vivo inmerso en un sistema —el educativo— donde el cambio se da por hecho. Se espera. Se mide. Se exige.
Educar, en muchos contextos, es sinónimo de transformar al alumnado: que aprenda. Que mejore. Que corrija su comportamiento. Que se adapte. Que encaje. Que evolucione. Que pase de nivel.
Y cuando eso no sucede… sentimos que hemos fracasado. Como docentes. Como referentes. Como sistema. Como personas…
Nos enseñan a medir el impacto por los resultados visibles. Por las notas, las actitudes, las trayectorias que “progresan”. Pero, ¿qué pasa cuando alguien no cambia? ¿Cuando sigue tropezando? ¿Cuando no responde como esperábamos?
Nos cuesta sostener eso. Porque nos duele. Porque sentimos que estamos fallando. Porque hemos sido formados —a veces sin darnos cuenta— para cambiar al otro.
Y a veces olvidamos que, en mitad de ese empeño por cambiar, podríamos estar desatendiendo algo más profundo: aceptar. Acompañar. Respetar los ritmos. Habitar la relación sin necesidad de moldearla todo el tiempo.
Acompañar sin moldear (y lo difícil que es eso)
Sé que no es fácil. De verdad que no lo es.
Es mucho más cómodo pensar que, si alguien no cambia, es porque no quiere. O porque no se esfuerza. O porque no está escuchando. O porque no le da la gana de hacer lo que “tiene que” hacer.
Nos da miedo pensar que, a veces, simplemente no puede. O que lo hará a su manera —aunque no se ajuste a lo que hay que medir—. O que su cambio no se parece al que nosotros imaginamos.
Pero últimamente me estoy preguntando si la verdadera tarea —en la educación, en el amor, en cualquier vínculo— no es tanto transformar… sino ofrecer un espacio donde el otro pueda ser.
Y entonces, sí: decir lo que vemos. Lo que sentimos. Nombrar lo que nos duele o nos incomoda. Pero sin condicionar la relación al cambio del otro.
Sin necesidad de que esa persona deje de ser quien es para que nosotros podamos estar bien.
No estoy ahí aún. Pero quiero caminar hacia ahí
No escribo esto desde un lugar resuelto. Lo hago desde el intento. Desde el cansancio que deja intentar cambiar a alguien sin resultado. Desde la ternura que aparece cuando dejo de empujar, aunque sea por un rato. Desde el deseo de habitar las relaciones con más honestidad y menos urgencia.
Porque no soy poseedor de toda la verdad. Porque mi forma de ver el mundo no tiene por qué ser aceptada por todas las personas con las que interactúo.
Pero sí puedo disfrutar de cada una de esas interacciones. Salir nutrido de ellas. Aprender junto a la otra persona. Desarrollarme como ser viviente.
¿Y si el cambio más importante fuera el mío?
¿Y si la verdadera transformación empezara por aprender a estar sin necesidad de corregir?
¿Y si, en vez de buscar resultados… empezáramos a sembrar confianza?
Gracias por leer.
Con tiza, corazón… y preguntas.

Deja un comentario