No llevo años soñando con una escuela distinta.
Llevo años despertando de una escuela que no sabía que también dolía.
Durante mucho tiempo pensé que era esto. Que así tenía que ser.
Horarios rígidos, libros llenos, deberes sin fin, castigos justificados, suspensos necesarios.
Que el valor estaba en llenar, en corregir, en evaluar.
Y lo hacía con buena intención. Porque eso me enseñaron.
Porque eso se esperaba.
Porque cuando creces dentro de un sistema, acabas pensando que debe ser así.
Pero algo dentro empezó a crujir.
Ya que cuando te permites mirar de otra manera, empiezas a ver lo que antes se escapaba.
Y comprendes que el hecho de que algo siempre haya sido así… no justifica que sea lo más adecuado.
He tenido que desaprender
Y aún sigo.
Desaprendiendo eso de que lo importante en la educación es el contenido y su adquisición.
Desaprendiendo aquello de que quien no se adapta, suspende y punto.
Que quien no aguanta, fracasa y ya está.
Que educar es tener la razón, marcar el paso, imponer.
Y además, también lo de que fracasar es algo que hay que evitar.
Que el error se castiga.
Que si suspendes, estás sentenciado.
Me he pasado tiempo mirándome con vergüenza.
Preguntándome cuándo empecé a pensar que la escuela era una especie de guardería sofisticada.
Un lugar para “tener ocupados” a los jóvenes mientras crecen, maduran… esperan a ser adultos funcionales.
Una fábrica que, sin mala fe, mide, clasifica, compara… y a veces olvida mirar.
Olvida escuchar. Olvida habitar.
Y no es que yo ya lo haya cambiado todo. Nada más lejos de la realidad.
Es, simplemente, que ya no puedo fingir que no me doy cuenta.
Ya no me sale hacer las cosas como “deben hacerse”… porque no le veo sentido.
Y menos después de dos cursos permitiéndome explorar otras formas de hacer, de estar, de acompañar.
Porque empiezo a ver resultados.
No los que se miden con rúbricas o medias aritméticas.
Sino los que se sienten. Los que se quedan.
Los que, aunque el sistema no dé continuidad, suponen un eco.
En ellos.
Y también en mí.
No lo estoy haciendo como sueño… pero estoy en camino
A veces aún me sorprendo repitiendo dinámicas que quiero dejar atrás.
Mandatos sin sentido. Evaluaciones sin alma. Tareas que solo responden al “porque toca”.
Pero ahora las veo. Y me duelen. Y ese dolor me habla.
Y de ahí, de ese dolor… nace algo nuevo.
Una decisión pequeña, pero poderosa: hacer las cosas de otra forma.
Aunque sea en pequeño.
Aunque el sistema no lo pida.
Aunque cueste más.
Porque cuesta más. Claro que cuesta más.
Pero también… mueve más.
En mí. Y en ellos.
Y entonces, recuerdo a quienes en su día hicieron algo similar conmigo.
Y entiendo por qué hoy puedo ver que hay otro camino.
Si otras personas ya lo hicieron.
Si yo, desde donde estoy, puedo hacerlo… el sistema también puede.
Porque no se trata solo de enseñar mejor
Se trata de vivir mejor.
De formar personas más sanas, más despiertas, más respetuosas.
Porque lo que ocurre en las aulas no se queda en las aulas.
Se convierte en sociedad.
Cada adolescente que aprende a mirar con empatía, a cuidarse sin culpa, a expresarse sin herir, a elegir con sentido…
es un futuro adulto menos perdido.
Menos peligroso para sí mismo.
Menos violento con los demás.
Y eso no es utopía. Es necesidad.
El bienestar común se construye desde dentro.
Y ahora lo sé: no habrá sociedad justa si la escuela no empieza por serlo.
¿Y si el cambio empieza por dejar de fingir?
Por dejar de fingir que todo está bien cuando no lo está.
Que suspender educa. Que callar es madurez.
Que la obediencia sin criterio es signo de éxito.
Y que “no podemos hacer otra cosa” porque el sistema es así.
Yo ya no puedo fingir.
Y aunque aún no haga todo como lo sueño…
aunque tenga días en los que no me reconozco del todo…
Sé que el cambio empieza ahí.
En mirar con honestidad.
En sostener las preguntas incómodas.
En dar un paso más, aunque nadie lo esté midiendo.
«Sé el cambio que quieres ver en el mundo» se dice que pronunció Gandhi.
¿Y tú? ¿Qué parte de la escuela estás dispuesto a soltar para que pueda empezar a ser otra cosa?
Gracias por leer. Con tiza, corazón… y preguntas.

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