Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Cuando alguien ya no está como antes

Mandala de arena de colores empezando a deshacerse por el viento sobre suelo de madera, símbolo de los vínculos que cambian pero dejan huella.

Hay finales que pueden no hacer ruido.
Que se parecen más a una pausa que a un cierre.
A una última clase en junio más que a una despedida formal.

Pero dentro, algo se mueve. Algo sabe que, aunque nos sigamos viendo, aunque en septiembre vuelvan las sonrisas y los pasillos compartidos… algo ya no será igual.

Este curso ha sido eso para mí.
Un antes y un después.
Un lazo profundo, cotidiano, sincero.
Y ahora, toca soltar una parte. No toda. Pero sí esa forma concreta de vínculo que solo se da cuando tutor y tutoría se entrelazan durante meses, queriendo o sin querer.

Hoy quiero hablar de eso.
De lo que nos pasa cuando alguien deja de estar como lo hacía antes.
Cuando el lugar que ocupaba desaparece durante un tiempo, para luego cambiar.
Cuando toca reubicar el cariño, el agradecimiento, incluso la guía… sin poder vivirla igual que antes.

Lo que escribí cuando tenía 16 años

Todo ello me ha hecho recordar que no soy nuevo en esto de bloggear. Y entre todo lo que ya hice, uno de los blogs de mi adolescencia ha resonado más que el resto.

No fue hace tanto, aunque parezca otra vida.
Estaba en 1º de bachillerato. Era marzo. Me faltaban unas semanas para cumplir los 17.
Y escribí esto en un blog que abrí no solo para mí, sino para quien quisiera asomarse a mis pensamientos adolescentes, sobre todo para mis amigos y amigas de aquella época:

«Pensar que puedo perder esos vínculos que tanto bien me han hecho hasta ahora… es un dolor insufrible.»

No recuerdo mucho del día en que lo publiqué. Ni siquiera cómo era el proceso creativo por aquel entonces.

Pero sí recuerdo qué me llevó a publicar ese texto en concreto. Una mezcla de miedo y ternura. El deseo de aferrarme a lo que me había dado sostén, y el vértigo de saber que todo podía cambiar.

No era inmadurez, o tal vez sí. Pero también era amor. Lucidez emocional.
Y hoy, más de quince años después, sigo creyendo que esa tristeza no es un error. Es una consecuencia lógica de haber querido de verdad.

Lo que me dijo entonces mi profe de Filosofía

Le compartí mi texto. Y él, como suele hacer, respondió desde otro lugar.
No desde el consuelo barato. No desde el «ya se te pasará».
Respondió con una historia:

«En los monasterios budistas, los monjes dedican semanas a crear mandalas con arena de colores. Diseños complejos, cuidados, hermosos. Y cuando terminan, abren las ventanas para que el viento lo deshaga en segundos.»

«La perspectiva cambia cuando comprendemos que la amistad que valoramos no es la del futuro, sino la del presente. El acto de amor está en dejar cada día caer la arena sobre la superficie plana. Ahí está todo el misterio. Así puedo contemplar sin dolor ni sufrimiento cualquier viento futuro, porque no nos quitará lo que ya tenemos.»

Aquello me acompañó desde entonces.
Y hoy, que me toca reubicar mi lugar con vosotros —mi grupo de tutoría—, vuelve a resonar con fuerza.

El dolor de soltar… sin perder

Porque sí: me duele dejar de ser vuestro tutor.
No porque crea que me necesitáis para seguir creciendo.
Sino porque yo también he crecido a vuestro lado.

Me duele perder ese lugar privilegiado de ser el que os pregunta cómo estáis más allá de las notas.
El que os escribe con ternura (y a veces con exigencia) en los boletines.
El que coordina, acompaña, respira a vuestro ritmo.

Me duele… porque fue hermoso.

Pero no quiero que ese dolor me robe la gratitud.
Ni que la tristeza me haga creer que todo termina aquí.

Quizás ese dolor me dice que igual puedo ser profesor desde otro lugar, independientemente del curso y de la asignatura…

Cómo atravesar este pequeño duelo sin ahogarse en él

Hay despedidas que no son rupturas, sino transformaciones.
Pero eso no significa que duelan menos.

¿Entonces, qué hacemos con ese dolorcito? ¿Con esa nostalgia?

Aquí te comparto algunas cosas que creo que nos pueden ayudar a ambos.

Por que sí, también en esto aprendo yo.

🌾 1. Nombrar lo que sientes

Parece obvio, pero no lo es.
Muchas veces sentimos tristeza, pero la disfrazamos de enfado o de apatía.
Nombrarlo ayuda. Decir “me da pena” ya es empezar a soltar el peso.

A veces, basta con reconocerlo en voz baja:
“Lo echo de menos, y está bien sentirlo.”

🌬️ 2. No te pelees con lo que sientes

La tristeza no es un problema.
El problema es huir de ella, como si no tuviera sentido por sí misma. A veces para decirnos algo, otras simplemente para que paremos y la vivamos. Y no pasa nada.
Dejarte sentir no significa quedarte atrapado.
Es más bien como dejar que llueva: si te resguardas con calma, luego llega el aire fresco. Y a la Tierra le viene bien ese agua.

📖 3. Escribir lo que queda

Una forma preciosa de conservar lo vivido sin apegarte al formato antiguo es escribirlo.
No para que lo lean otros (aunque puedes). Sino para ti.

¿Qué te llevas de esa persona? ¿Qué te enseñó? ¿Qué no quieres olvidar?

Ponerlo en palabras ayuda a que no se diluya con el paso del tiempo.

🤲 4. Cultivar el vínculo de otra manera

Cuando un vínculo cambia, no tiene por qué desaparecer.
Podemos elegir cómo seguir estando.

Quizás ya no compartimos una tutoría, pero podemos saludarnos con intención.
Reírnos en los pasillos. Compartir lecturas. Mirarnos con complicidad aunque no haya ya ese “rol oficial”.

Lo que fue auténtico… no se borra.
Se transforma.

🌀 5. No reducir lo vivido al “final”

La mente tiende a encasillar. A ponerle punto final a todo.
Pero tú puedes elegir otra forma de mirar:

👉 No se trata de que “ya no estamos juntos”.
Se trata de que ahora estamos de otra manera.

Y eso… también puede ser valioso.

A ti, que también estás despidiéndote

Tal vez tú también estás sintiendo este pequeño duelo.
Aunque no lo digas. Aunque lo escondas tras bromas, memes o silencios.

Tal vez no sepas cómo mirar a quien ha sido importante para ti sin que se te encoja un poco el pecho.

No estás solo.
No estás sola.
Y no tiene por qué ser inmadurez lo que sientes.
Puede que solo sea amor que busca su nuevo lugar.

Tómate tu tiempo.
No corras para “superarlo”.
Prueba a honrarlo.
Prueba a cuidarlo.
Prueba a agradecerlo.

Porque lo vivido no se va.
Permanece. En cómo miras ahora. En cómo eliges tratar a los demás. En lo que aprendiste de ti estando cerca de la otra persona.

Y si me lees como adulto, como acompañante…

Tal vez también tú estés soltando algo.
Un rol, un grupo, un formato que ya no será igual.
Y tal vez también te estés preguntando cómo sostener sin cargar.
Cómo acompañar sin retener.

Solo puedo decirte lo que me repito a mí mismo estos días:

Estar de verdad ya es dejar huella.

Y con eso ya hemos hecho mucho.
No hace falta quedarse para siempre. Aunque a veces nos gustaría poder.
Sencillamente hace falta estar presente mientras estemos.
Con corazón. Con coherencia. Con humanidad.

Cierro, pero no me despido

No seré más vuestro tutor.
Pero no dejo de mirar con cariño cada paso que dais.
No dejo de creer en vosotros, en vosotras.
No dejo de confiar en que sabréis seguir, con vuestras luces y sombras, construyendo una vida que os represente.

Y si en medio del camino alguna vez dudáis, recordad esto:
lo que fue verdadero… no se borra.

Solo cambia de forma.

Gracias por haberme permitido estar cerca.
Gracias por no dejarme igual.
Gracias por ser, simplemente, vosotros, vosotras.

Nos seguimos viendo por los pasillos a la vuelta del verano,
con tiza, corazón… y preguntas.

🖼️ Y si te preguntas qué queda cuando algo termina…

Mira con atención lo que sigue latiendo:

una carta, una risa, un lugar donde alguien te pensó con cariño.

A veces, la vida se resume en eso.

Y ya es muchísimo.


Si te apetece asomarte a cómo pensaba, sentía y escribía aquel yo adolescente, aquí te dejo el enlace al blog que abrí con 16 años: fruelas-lo-bello-devivir. No esperes textos perfectos, ni una voz madura. Pero sí encontrarás allí la semilla de lo que hoy intento seguir cultivando: el deseo de comprender la vida, de nombrar lo que duele y lo que sostiene, de escribir para no olvidarme de lo que siento. Lo comparto no por nostalgia, sino como gesto de honestidad. Porque a veces, para entendernos hoy, necesitamos releernos desde antes.


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