Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

El hacha que no descansaba

Leñador talando un árbol en el bosque mientras un caminante lo observa al atardecer.

El bosque respiraba en silencio. Era uno de esos atardeceres que lo tiñen todo de cobre, cuando la luz se filtra entre las ramas con una suavidad que casi pide permiso. El caminante iba por un sendero estrecho, de esos que parecen trazar el mapa con los pies de quienes lo han recorrido muchas veces. Venía del pueblo, sin prisa, con la mente a medio camino entre lo que había dejado atrás y lo que aún no sabía que encontraría.

Fue entonces cuando lo oyó. Un golpe seco. Otro. Y otro más. No el crujido natural de las ramas al viento, sino algo más insistente. Más humano.

Se acercó con cautela, sorteando raíces, hasta que lo vio.

Un hombre —quizá de unos cincuenta, aunque el cansancio sumaba años a su figura— talaba un árbol joven con una determinación casi feroz. No era grande el árbol, pero tampoco cedía fácil. Cada golpe del hacha arrancaba un gemido a la madera, como si resistirse fuera su forma de morir con dignidad.

El leñador estaba empapado. Sudor, polvo, astillas pegadas a la piel. Y sin embargo, no se detenía. Golpeaba y golpeaba, con la mandíbula apretada, los ojos clavados en el tronco como si nada más existiera. A su alrededor, algunos árboles ya caídos yacían en el suelo, sus cuerpos tendidos como testigos mudos. A un lado, un puñado de troncos cortados. Al otro, varios árboles aún en pie, marcados con una pequeña cruz roja en la corteza. Como si estuvieran esperando turno.

El caminante se quedó un momento allí, a cierta distancia, observando.

—Buenas tardes —dijo al fin, sin alzar demasiado la voz.

El leñador se limitó a hacer un gesto leve con la cabeza. No dejó de golpear.

—¿Llevas mucho tiempo trabajando? —preguntó, con un tono que no era de curiosidad, sino de cuidado.

—Desde que ha salido el sol —respondió el otro, sin mirar.

—¿Y no has parado en todo el día?

—No puedo —bufó, mientras cambiaba el peso del cuerpo y descargaba otro golpe—. Aún me quedan varios. Si me paro, no llego.

El caminante bajó la mirada al hacha. El filo ya no parecía filo. Se intuía más romo que cortante. La madera cedía, sí, pero a base de repetición, no de precisión. Cada golpe era un derroche. Un esfuerzo enorme para un avance mínimo.

—Quizá podrías afilarla un poco —sugirió, con suavidad—. Tal vez te ayudaría.

El leñador se detuvo apenas un segundo. No lo suficiente como para respirar hondo. Solo para mirar, brevemente, al extraño. Y negar con la cabeza.

—No tengo tiempo para eso —dijo—. Si me paro a afilar, pierdo media hora. Y ya voy justo.

Y siguió. Un golpe. Otro. Otro más. El árbol crujía, lento, como resistiéndose al destino. Como si esperara que alguien, en el último momento, cambiara de idea.

El caminante no insistió. Se quedó un instante más, observando en silencio. Luego retomó el camino. Siguió andando, pero más despacio. Como si cada paso pidiera permiso para irse.

Mientras caminaba, algo dentro de él seguía dando vueltas.

No era solo la imagen del leñador, ni el sonido sordo del hacha. Era la certeza incómoda de que todos, en algún momento, nos convertimos en él. Golpeamos y golpeamos sin parar, no porque no sepamos que el filo está gastado, sino porque nos aterra la pausa. Porque confundimos descansar con rendirse. Porque vivimos convencidos de que parar es perder tiempo, cuando a veces es justo lo contrario.

Y pensó también en otra cosa, quizá más honda.

Que no todos seguimos golpeando por obligación. Que a veces lo hacemos por costumbre. Por no atrevernos a cambiar de ritmo. Porque hay quienes no saben, o no quieren, o no pueden bajarse de ese impulso que dice: “si no haces, no vales”.

Tal vez —pensó— cada quien hace con su vida lo que puede… o lo que quiere, con lo que tiene. Con el hacha que heredó, con el bosque que le tocó, con las marcas que le enseñaron a seguir adelante sin preguntar.

Y aun así… o quizá por eso mismo, a veces conviene parar.

Además de para afilar el hacha, para recordarse que uno también importa.


Hay personas que no paran no porque no sepan, sino porque nadie les enseñó que parar también es un acto de dignidad, de cuidado. Necesario. Que afilarse no es holgazanear. Que detenerse un momento puede evitar heridas más hondas después. Puede abrir un espacio para reflexionar si el bosque que estás talando es realmente el que quieres talar.

¿Cuánto hace que no te das un respiro sin culpa?
¿Y si hoy solo hicieras espacio para ese gesto pendiente?
¿Y si el primer árbol que necesitas cuidar… fueras tú?

Nos leemos. Con tiza, corazón… y preguntas.


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