Hace años que las redes sociales rondan por mi vida. De todas ellas, conservo todavía Facebook e Instagram.
Hace un par de años, noté cómo se adueñaban de mi tiempo, cómo crecía dentro de mí esa necesidad constante de estar presente, fuese como fuese. Entonces decidí tomar distancia: eliminé las aplicaciones del móvil, de la tablet, borré datos guardados del navegador… y otra cosa, mariposa.
Me di cuenta de que el tiempo se me escapaba deslizando el dedo, pero también de algo más profundo: algo dentro de mí buscaba compartir contenido para recibir reacciones. Y eso ocurre más de lo que nos gustaría admitir.
Todavía hoy, siendo mucho más consciente, con una sola cuenta cuyo objetivo es compartir para ayudar, hay días que me sorprendo mirando el móvil para ver si alguien ha reaccionado, comentado o compartido.
Es que las redes están diseñadas precisamente para eso. Por eso es tan complicado mantener un equilibrio saludable. Pero aunque difícil, no es imposible. Entre ser un ermitaño sin redes y estar pegado al móvil constantemente, hay muchos puntos intermedios. Y encontrar el que te haga sentir bien, realmente bien, es un objetivo digno de perseguir.
Supongo que alguna vez te habrá pasado: entraste en Instagram para desconectar un rato y terminaste con la cabeza llena de ruido, subiendo contenido, midiendo cada gesto, cada imagen, esperando reacciones que realmente no necesitas. Las redes, que tanto prometían conectarnos, muchas veces se vuelven escenarios donde actuamos más de lo que realmente habitamos.
Claro que no a todas las personas les ocurre igual. Hay quienes comparten desde la calma, sin expectativas, subiendo fotos porque simplemente quieren hacerlo. Eso es admirable. Pero para muchas otras personas, hay un peso invisible detrás de cada publicación:
– Un cuerpo en plena transformación, que sientes demasiado expuesto.
– El deseo natural —y a veces contradictorio— de gustar, encajar, recibir aprobación.
– La sensación silenciosa de que, si dejas de mostrarte, te quedarás fuera.
El problema de que sea un «peso invisible» es precisamente ese: muchas veces no somos conscientes, pero está ahí. Otras veces quizá no queremos verlo.
No le ocurre a todo el mundo, pero pasa. Y cuando pasa, se lleva mejor si alguien lo nombra.
Estar en las redes no es el problema
Publicar, mostrarte, posar… no es un error ni una rendición.
A veces es simplemente una forma de decir «aquí estoy», una manera de divertirse o un pequeño acto de expresión personal. Y está bien. Tanto si te gusta que te digan cosas bonitas, como si solo con subirlo ya te aporta, sin esperar reacciones. También está bien si decides no mostrar nada. O si un día compartes y al siguiente desapareces. Tienes derecho a cambiar tu forma de estar.
Pero recuerda también que uno de los mayores focos de dolor es la comparación. Ese día que ves a otro usuario con más reacciones que tú y sientes que el mundo se te cae encima. O cuando no consigues tantas reacciones como otras veces, o cuando esa persona que siempre reaccionaba deja de hacerlo…
Son factores complejos, difíciles de gestionar con serenidad, especialmente cuando el cerebro adolescente aún no tiene completamente desarrolladas las áreas responsables de equilibrar las emociones, mientras que las áreas que despiertan la impotencia, la soledad o la envidia van a toda velocidad.
Lo único realmente importante es recordar que, cuando apagas la pantalla, tu valor no depende de lo que compartes ni de quién lo vea.
Este texto no es un reproche. Es mi mano tendida.
No pretendo dar lecciones ni corregir a nadie. Bastante tengo ya con gestionar mejor mi propia relación con las redes. Solo quiero, honestamente, acompañar, ponerle palabras a algo que quizás no habías pensado pero que has notado desde hace tiempo… Sembrar la posibilidad de que alguna vez te preguntes: «¿esto lo estoy haciendo porque realmente quiero… o porque ya no sé cómo parar?»
Si lo haces porque quieres, porque te nace, ojalá lo sigas eligiendo con plena conciencia. Y si algún día dudas, ojalá te permitas parar sin culpa, respirar profundo y elegir de nuevo.
No hay prisa. No hay examen. Solo estás tú, aprendiendo a decidir cómo quieres estar en este mundo que a veces empuja demasiado fuerte.
Cuando llegue ese click mental —si llega—, ojalá recuerdes esto: hay otras maneras de habitarte. Hay otras formas de conectar contigo y con los demás, sin depender de los aplausos, de los likes, de los comentarios. Formas más reales, más naturales, menos dominantes y adictivas… más sanas, en definitiva.
Gracias por quedarte un rato conmigo. Ojalá también contigo, cuando te mires sin filtros y decidas, poco a poco, cómo y desde dónde quieres compartirte.

Deja un comentario