Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

No todo lo que se dice merece quedarse a vivir en ti

Banco vacío frente al mar durante el amanecer, con luz cálida y cielo suave

A veces basta una frase para removerlo todo

Ni siquiera fue un grito. Ni una crítica directa. Solo una opinión más, lanzada como al pasar.
Pero se te quedó. Se te clavó.
Como una piedrecita dentro del zapato.
Pequeña, sí… pero todo el día molestando.

Puede que te dijeran que exageras. Que no era para tanto.
Pero tú sabes que sí lo fue. Porque tú sabes cómo dolió.

Lo que entra y lo que se queda

Crecer también es esto: aprender a filtrar.

A veces creemos que para ser maduros o maduras hay que ignorar las opiniones. Fingir que no duelen. Que no importan.

Pero eso no es madurez. Es armadura.

La verdad es que sí nos afectan. Lo que otros o otras piensan de ti, lo que dicen sobre tu cuerpo, tus gustos, tus decisiones… a veces se convierte en una especie de eco que retumba cuando estás solo o sola.

Y está bien que te importe lo que digan algunas personas. Sobre todo si te quieren. Si te cuidan.
Pero incluso entonces, hace falta afinar el oído.
Porque que alguien te quiera no significa que siempre tenga razón.
O que sepa decirte las cosas con el debido tacto, con buenas palabras.

Hay consejos que vienen con cariño… pero, otros, también pueden venir con miedo.
O con su forma de ver la vida, que no siempre encaja con la tuya. Ni tiene por qué.
Y eso no los hace malos o malas, ni a ti egoísta.
Solo diferentes.

¿Desde dónde lo dicen? ¿Desde dónde lo dices tú?

No todas las opiniones tienen el mismo origen.
Algunas nacen del amor. Otras del control. O del deseo de tener la razón.
Y no siempre es fácil diferenciarlas.

Pero hay una pista: lo que nace del amor no presiona. No culpa. No juzga. No te hace sentir menos.

Y tú también opinas. Todo el tiempo. A veces sin darte cuenta.
Sobre lo que otros y otras visten, piensan, sienten o hacen.
Y eso también deja huella. Aunque no lo veas.

¿Lo que dices busca ayudar? ¿Busca entender?
¿O solo quieres demostrar que tú sabes más, vales más, eres más…?

Opinar no es inocente.
Es un acto que puede ser abrazo… o empujón.
Que ayuda a flotar… o que hunde.
Que acerca… o que aleja.

Elegir qué entra… y qué no

¿Y si en vez de aceptar todo lo que te dicen, empezaras a preguntarte qué necesitas de verdad? ¿Qué te es realmente útil y qué no?

¿Y si en vez de responder con rabia, pudieras poner un límite claro y sereno?
Sin faltar, sin juzgar, sin dañar.
Simplemente, trazar una línea y mantenerte firme y en paz con ello.
Con la práctica… claro, no nos educan desde pequeños para saber hacer esto.

Tampoco tienes que justificar cada decisión.
Ni tienes que ceder solo para evitar el conflicto.
O enfrentarte a todo el mundo cada vez que no estás de acuerdo.

A veces, basta con decir: “Gracias, pero lo que necesito es esto otro”.
O incluso, con un silencio firme que cuide tu paz, es más que suficiente.

Porque la opinión que más peso tiene en tu vida…
es la que tú vas construyendo sobre ti.

Qué extraño… qué difícil parece llegar ahí

Pero, ojalá poder vernos entre nosotros y nosotras desde ese lugar.

Donde hablar no sea una forma de imponer,
sino de compartir.
Donde escuchar no sea callarse,
sino entender.
Donde el respeto no se dé por hecho,
sino se elija cada día.

Porque crecer no es hacerse fuerte a golpes.
Es aprender a vivir sin dejarse arrastrar por todo.
A mirar con calma. A hablar con intención.
A elegir qué palabras entran. Y cuáles ya no.
Vengan de dónde vengan y como vengan…

Una última pregunta

¿Y si la próxima vez que alguien opine sobre ti… en lugar de reaccionar, respiras y te preguntas: «¿Esto me ayuda… o me enreda?»

Gracias por leer.
Con tiza, corazón… y preguntas.


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