Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

El precio de la comodidad

Mano desenchufando un cable en la oscuridad, representando una elección consciente.

Hace unos días me enteré de que el CEO de Spotify ha invertido millones en investigación militar. Y aunque no sé exactamente la finalidad concreta de la investigación, sí sé el objetivo final o colateral, cuanto menos: matar.

Matar personas. Muy probablemente para proteger los intereses de unas pocas personas poderosas. Aunque lo vendan como defensa de los derechos de otras… ¿Qué pasa, que las personas que mueren del bando contrario no tienen derechos, no?

Porque no me creo que en pleno siglo XXI no podamos resolver conflictos sin violencia. No me creo que la guerra siga siendo excusable. No quiero creérmelo más.

Y entonces empecé a investigar. Con IA, sí. Contradicciones. Pero también conciencia. Me puse a buscar otras compañías que financian, directa o indirectamente, la industria de la guerra. Están por todas partes. En nuestras casas. En nuestras cuentas. En nuestras rutinas más normales.

Y claro… me tocó mirar hacia dentro.

Pisar sin mancharse

Intentar no secundar este sistema se vuelve un acto de malabarismo. Parece que todo está diseñado para que pises mierda sin darte cuenta.  Es lo que tiene andar por una senda llena de cagadas. Todo pensado para que te sea fácil, rápido, asequible… y, de paso, acorde a los intereses de quienes se benefician del conflicto, o de la contaminación, o de la violación de derechos humanos… o de mirar para otro lado cuando ocurren estas cosas.

Pero… ¿qué pasa si no quiero vivir en piloto automático?

¿Qué pasa si me empiezo a preguntar: «esto que uso, que consumo, que comparto… ¿qué genera?» ¿Qué sostiene? ¿A quién alimenta?

Porque al final, lo que haces con tu tiempo… te lo haces a ti. Y también al mundo que habitas.

Ahorrar energía mental, gastar alma

Nuestro cuerpo está programado para sobrevivir. Y eso implica ahorrar energía. Especialmente la mental. Por eso preferimos lo conocido, lo fácil, lo cómodo.

Pero… ¿a qué coste?

Hay una comodidad que desgasta. Que nos adormece. Que convierte la vida en una serie de decisiones no tomadas. Porque sí, no elegir también es elegir. Es dejar que el ruido decida por ti.

Y a veces ese ruido viene con forma de notificación, de suscripción, de atajo.

Entrenarnos en el fastidio

Está a la orden del día. Duchas frías. Menos azúcar. Más movimiento. Lo hacemos, a veces y quien consigue dominar su «voluntad», porque sabemos que nos viene bien. Porque el beneficio es directo. Para nuestra propia persona.

Pero… ¿y si el beneficio es para otras personas? ¿O para un ecosistema? ¿O para un futuro que ni siquiera veremos?

Ahí ya cuesta más.

La coherencia duele. Pero también sostiene. No te da medallas, pero te da paz. Y esa paz no siempre viene de hacer lo correcto, sino de intentarlo. De no mirar hacia otro lado.

De plantearte si otra forma de hacer lo mismo es posible. Y de tenerte compasión cuando falles a tu propia palabra. Porque no somos perfectas ni perfectos, ni necesitamos serlo.

Simplemente vivir un poco más conscientes de las consecuencias de nuestra forma de estar en el mundo.

La industria del «vive cómodo y calla»

Y es que las grandes compañías tienen algo en común: quieren que vivas cómodamente. Que no cuestiones. Que consumas. Que digas «gracias» mientras pierdes derechos, tierra, salud o conciencia. Si no tú, otra persona, en otro lugar. U otro ser vivo.

Y no es conspiranoia. Es mercado.

Cuanto más cómodas estamos las personas, más rentables somos. Más moldeables. Más disponibles. Más previsibles.

Como la rana que estaba dentro de la olla antes de ponerla al fuego y no se da cuenta de que sube la temperatura… Pero al final acaba cocida.

Y, mientras tanto, más cifra de venta asegurada para los que controlan la intensidad de la llama.

Por eso incomodarse no es moda ni postureo. Es resistencia. Es recuperarse un poco a una misma, a uno mismo. Es volver a ser alguien que elige, aún imperfectamente.

Decisiones pequeñas, consecuencias reales

He cancelado mi suscripción a Spotify. No sé cómo haré con la música. Probablemente lo seguiré usando en modo gratuito mientras busco otras alternativas. Pero no recibirá ni un euro más de mi bolsillo.

Y con GPT, igual. Intentaré usarlo menos. De forma más puntual. Elegir bien para qué. Usarlo desde la conciencia, no desde la comodidad. Aunque me fastidie un poco.

Y lo mismo con el resto de herramientas, aplicaciones, plataformas y servicios de la vida moderna.

Ya que prefiero incomodarme en mis tareas que incomodarme en mi conciencia.

Y si para vivir más tranquilo con esta decisión debo hacer menos cosas, pues así haré. Aunque ese es un melón para otro día.

Respirar con más intención

No se trata de cambiarlo todo. Ni de ser heroicas o heroicos. Se trata de hacerte una pregunta:

—Esto que estoy haciendo con mi tiempo… ¿me construye? ¿O me desconecta?

Como decía en otra entrada del blog: «Cuando no decides tú, decide el ruido». Y a veces, el ruido tiene nombre de app. De logo. De gesto mecánico que repetimos sin pensar.

No puedes elegir todo. Pero puedes elegir algo. Y a veces ese algo basta para volver a sentirte más tú. Y de paso tener un impacto menos perjudicial en el mundo.

Y tú, ¿qué haces con tu comodidad?

No tengo una conclusión brillante. Solo preguntas.

¿Qué decisiones sostienes cada día sin darte cuenta?
¿A quién estás alimentando con tu «es lo que hay»?
¿Dónde podrías elegir distinto, aunque te incomode?

¿Esto que estoy haciendo… me representa?

Con tiza, conciencia… y preguntas.


Descubre más desde Palabras que acompañan

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comentarios

Deja un comentario