Hay publicaciones, frases o noticias que nos pinchan. Y, casi sin darnos cuenta, lo primero que aparece suele ser el látigo: esa sensación de no estar a la altura.
Estos días me ocurrió con dos cosas. Una publicación sobre familias que, en lugar de estar presentes, sacan el móvil para grabar; y una noticia sobre cómo la IA incrementa la presión del “cuerpo perfecto” en redes. No es que yo me exigiera de repente ser mejor padre ni tener mejor cuerpo. Esos ejemplos me llevaron a pensar en exigencia y expectativas. Y, si lo bajo a mi terreno, lo que me salta por dentro es otra cosa: si estoy siendo el docente que quiero ser, el tutor que mis alumnos necesitan, si Tutorizando está a la altura de lo que imagino. Ahí me noto tensar.
¿Qué es realmente urgente?
Creo que si en las próximas 24 horas no tengo que preocuparme por comer, beber, dormir o estar a salvo… pocas cosas merecen el sello de “urgente”. Y si esas necesidades básicas están cubiertas semanas o meses vista, me pregunto si compensa existencializar cada incomodidad.
No digo que renunciemos a crecer o a ciertas comodidades. Querer mejorar es legítimo. En mi opinión, el problema empieza cuando confundo querer con necesitar —lo que Rafael Santandreu llama “necesititis”: convertir deseos en necesidades—. Ahí es donde me sube la exigencia.
Cuando la presión se fabrica por dentro
Creo que la metáfora de la presión me ayuda a explicarlo, aunque no sea exacta. En física se dice que es la relación entre la fuerza y la superficie sobre la que se aplica: más fuerza en menos superficie, más presión. Trasladado a la vida, lo siento así: cuando convierto demasiados deseos en necesidades, la fuerza se dispara. Y cuando me concentro en demasiados frentes a la vez —expectativas, comparaciones, exigencias propias—, la superficie se estrecha y todo me aprieta más. En cambio, cuando consigo distinguir qué es esencial y qué no, siento que se abre espacio, que hay más “superficie” donde repartir esa fuerza. Y entonces la presión interna baja.
No es una fórmula, es una experiencia. Y cada persona la nota en lugares distintos del cuerpo y del día. Yo la noto cuando me prometo “fluir más y controlar menos” y acabo midiéndome igual.
El flotador frente al listón
Aquí me ayuda el cuarto acuerdo de Miguel Ruiz: “Haz siempre lo máximo que puedas”. Se me ha ocurrido entenderlo así. Un listón es fijo y no pregunta cómo estoy: exige lo mismo siempre; hay días en que, simplemente, es inalcanzable. Un flotador, en cambio, es un nivel deseable que sube o baja según como esté la piscina -que vendría a ser cada día en concreto-.
Hay jornadas con luz, energía y foco en las que, aunque el nivel está alto, toco el flotador e incluso, a veces, me impulso. Y hay días raros en los que el flotador queda más bajito y mi mejor resultado es, literalmente, dar dos brazadas y salir del agua. En mi opinión, la clave es esta: intentar alcanzar ese flotador —el de hoy— con lo que tengo hoy. Y poder decirme al final del día: hice lo mejor que pude con lo que había.
Y también darme permiso para no entrar a la piscina. Habrá días en que no quiero ni mojarme. Lo sano es distinguir si es algo puntual o si se está haciendo montaña. Si es lo segundo, considero que pedir ayuda profesional es lo más sensato.
Sin culpa, sin épica
No creo que el problema sea “fallar”, sino el automachaque. Esa voz que confunde cuidado con exigencia, y que, curiosamente, me aprieta incluso cuando el objetivo era “exigirme menos”.
Mi recordatorio personal va por aquí: “Hago lo que puedo con lo que tengo, y con eso basta. Más allá de mis resultados, valgo por mi capacidad de amar y ser amado.”
No creo que me lo tatúe, pero no descarto escribirlo grande y colgarlo en casa para poder verlo cada día.
Un pequeño ancla práctico
Siento que ayuda elegir qué dejo entrar: personas, cuentas, imágenes, conversaciones. No desde el purismo, sino como higiene. Si todo me influye, prefiero abrir la ventana a lo que me da calma, claridad o sentido.
Para quedarte un rato contigo
Si te sirve, te propongo una pausa: cierra la pantalla unos minutos. Respira. Luego, lápiz y papel o silencio.
- ¿Qué “debería” te está apretando hoy?
- ¿Qué puedes rebajar de necesidad a deseo?
- ¿Dónde está hoy tu flotador?
La información que entra, si no se procesa y se ubica, se queda flotando o suma ruido. El objetivo de todo esto es tu bienestar. También el mío.
Gracias por leer.
Con tiza, corazón… y preguntas.

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