A veces el verano se va sin hacer ruido. Lo notas cuando refresca por la noche, cuando apagas antes el aire acondicionado o cuando el calendario te pone delante la palabra septiembre. En mi caso, la sensación es doble: satisfacción por lo vivido y un pellizco por la “libertad temporal” que se va. En medio de todo eso hay algo que sí depende de mí: la forma en que me hablo por dentro y en la que hablo a los demás. Llevo unos meses practicándolo. No lo domino; sigo aprendiendo con aciertos y tropiezos. Esa práctica, aunque imperfecta, es una brújula que me orienta..
Hoy quiero detenerme en esa brújula. No desde verdades absolutas, sino desde lo que me sirve en la práctica: ideas que he leído, que estoy probando, conversando y corregiendo sobre la marcha.
Lo que nos decimos abre o cierra puertas
Estos meses lo he comprobado muchas veces: el tono interno condiciona casi todo. Si me repito “no llegas, siempre igual”, el cuerpo se tensa y aparece el hastío. Si lo cambio por “hoy no me da para todo, voy a elegir bien”, noto un poco de aire. No es magia; es dirección.
Cuando Miguel Ruiz habla de “ser impecable con tus palabras”, lo entiendo como un recordatorio claro: cuidar lo que digo y lo que me digo para no enturbiar el agua de la que dependo. Integridad y limpieza. Menos rumor hacia fuera y hacia dentro. Sencillo de entender, difícil de practicar.
Hay algo de sentido común en esto: las palabras son materia prima de la realidad que percibo. Si cada mañana plantas “prisa, torpeza, exigencia feroz”, lo más probable es que acabes corriendo, fallando y sintiéndome mal contigo. Si, en cambio, plantas “presencia, precisión, respeto”, la jornada se acomoda de otra forma. No mejor por arte de magia, pero sí más habitable.
Con los demás pasa lo mismo. El modo de decir abre o cierra. “Tienes que” suele levantar defensas. “¿Cómo lo ves?” abre la puerta a la conversación. No es renunciar a límites; es ofrecer una entrada. Con adolescentes lo veo a diario: cuando no hay juicio en el lenguaje, aparece la escucha.
Serenidad que se entrena (y eso también se dice)
De Patricia Ramírez me resuena una idea sencilla: la serenidad no es lotería; se entrena. Y ese entrenamiento creo que empieza en la forma de hablarme. Si en días torcidos el diálogo interno es un látigo, entrenas ansiedad, culpa y castigo. Si eliges una frase ancla —“esto también pasará”, “dame cinco minutos para volver”— entrenas regreso, paciencia. Y aunque pueda sonar a autoengaño, me gusta más sentirlo como higiene mental.
“Cuenta contigo” no significa aislarse, sino como recordar que, en mitad del ruido, hay margen para elegir el tono con el que te tratas. Cuando la vida aprieta —proyectos, papeleo, decisiones médicas que aún están lejos pero se intuyen— puedes preguntar: «¿qué frase me sostiene ahora?» A veces es un gesto mínimo: bajar la exigencia, nombrar, escribir lo que sientes, pedir ayuda sin dramatizar. O simplemente ponerte una peli o un capítulo para oxigenar. Pequeños ajustes de lenguaje que mueven la aguja de lo que sientes.
Personalmente, estoy intentando aplicar estas ideas al uso de las redes. Quiero compartir lo que hago en Tutorizando, pero no quiero engancharme ni convertirlo en otro lugar de urgencia. Y me está costando. Pero lo estoy intentando resolver con palabras-límite: “publica con intención, no por ansiedad”, “no midas tu valor en likes”, “si hoy no sale, no pasa nada”. A esto, asocio acciones: dejar el móvil en la entrada todo el día; archivar las apps para evitar la tentación… Me sirven. Combinadas, me devuelven gobierno.
Empezar con el fin en mente (y escuchar de verdad)
Covey propone mirar el destino antes de andar. Si lo trasladas al lenguaje, pregúntate: ¿qué quiero que quede después de hablar? ¿Quiero tener razón o quiero construir relación? ¿Quiero alivio inmediato o una solución que nos sirva a todos? ¿Es necesario decir algo, o cabe un silencio?
Ahí entra el hábito de “escuchar para comprender”. Rebajar la prisa de responder —también contigo. Si ya entras en tu propio diálogo con un guion listo (“otra vez igual”, “siempre lo dejas”), tus palabras salen encorsetadas y, casi siempre, a la defensiva. Cuando te escuchas de verdad, aparecen matices: ya no era tan “siempre”, ni tan “nunca”; había contexto, cansancio, miedo. Cambia el verbo, cambia la escena.
Cuando la vida se llena: redes, aula, familia
En mi caso, cierro el verano con ganas de volver al aula y, a la vez, con respeto por el ritmo que viene. Sé que no podré con todo. Nadie puede. Me ayuda, otra vez, el lenguaje. En vez de “tienes que llegar a todo”, intento decirme “elige bien tus síes y tus noes”. “Sí” a lo que sostiene (presencia en clase, espacios de calma, escribir). “No” a lo que solo engorda el ego o la ansiedad, míos o de otras personas.
También quiero mejorar mi comunicación con adultos. Con la adolescencia me sale más natural la comprensión; con personas adultas, me descubro a veces áspero o impaciente. Estoy preparando y testeando tres ajustes de lenguaje:
— Antes de opinar, preguntar. Un “¿te cuento cómo lo veo o prefieres que solo te escuche?” evita choques innecesarios.
— Cuando discrepo, usar ejemplos en vez de etiquetas. “En esta situación me sentí así, por esto” funciona mejor que “siempre haces…”.
— Al poner límites, sumar un cuidado. “Ahora no puedo atender esto, pero mañana a primera hora te escribo”. No es por quedar bien: es cuidar la relación mientras cuido mi energía.
Y en el plano personal, conviven la ilusión por lo que vendrá con la conciencia de que queda camino. Aquí las palabras también sostienen. No necesito anunciar cada detalle de mi vida; prefiero un lenguaje sobrio: “vamos paso a paso”, “ya habrá tiempo”, “confío y me cuido”. A quienes me quieren, intento hablarles desde ahí: sin sobreromantizar ni dramatizar, con la serenidad que se entrena.
Palabras como práctica (tres gestos cotidianos)
No te doy recetas. Para ser honesto: ahora mismo solo estoy practicando una, y la estoy consolidando poco a poco. La anoto aquí y dejo otras dos que me propongo probar en septiembre (en pruebas) por si te sirven o inspiran:
- Una frase o palabra ancla (lo que sí estoy haciendo). La escribo en el cuaderno y la repito en momentos tontos: pasillo, semáforo, antes de abrir el correo. Para mi pulsera, tengo varias y cada vez que la vuelvo a enrollar, me las repito: «serenidad, respeto, compasión, disfrute, acompañar y autenticidad».
- Revisión nocturna sin látigo (en pruebas). Dos preguntas breves: ¿con qué palabras me traté hoy? ¿Qué diré distinto mañana? Nada de listas eternas. Algo concreto y ajustable.
- El minuto de la escucha (en pruebas). Si la conversación se calienta, paro un minuto y reformulo lo que entendí: “¿Es esto lo que te preocupa?”. No siempre desactiva el conflicto, pero baja el ruido. Y yo no me pierdo.
Sé que no siempre me va a salir como lo llevo en mente. Habrá días de prisa, de torpeza y de frases que pinchan. Pero incluso esos días, la brújula está. A veces basta con recordarla.
Al borde del otoño
Despedir el verano no es renunciar a lo vivido; es sostenerlo de otra manera. Lo que sí podemos elegir es el idioma con el que entramos en septiembre. Si nos hablamos con respeto, si nombramos las cosas con precisión, si escuchamos para comprender, la vuelta tiene más sentido. Y eso se nota en el aula, en casa y en las pantallas.
Sigo aprendiendo. Corregiré cosas. Cambiaré de opinión si la realidad me demuestra otra cosa. Con la intención de vivir y acompañar con más calma. Mi brújula son las palabras. No perfectas. Sí honestas.
Pregunta abierta: ¿qué palabra —solo una— te va a acompañar estos días?
Gracias por leer, con corazón, tiza… y preguntas.

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