Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Septiembre con preguntas: del “otra vez lunes” al “¿qué necesito ahora?”

Mochila beige apoyada junto a una puerta entreabierta con luz suave de la mañana.

La semana pasada hablamos de la brújula del lenguaje: cómo lo que nos decimos por dentro y por fuera cambia la manera de habitar el día. Hoy damos un paso distinto, sin repetirnos: cuando aparezca la queja, probemos a convertirla en una pregunta. Y añadamos una gratitud concreta que nos devuelva a tierra. No viene a disimular lo difícil; sirve para gestionarlo con un poco más de aire.

La queja avisa; quedarse ahí bloquea

La queja tiene su función: señala que algo importa y duele. Si nos quedamos instalados, perdemos margen de acción. Septiembre trae material de sobra para quejarse: reuniones eternas, fotocopiadoras sin tinta, listas de material, horarios cruzados, la cuesta de los recibos, la libertad del verano que parece escaparse.

Tres escenas que quizá te suenen:

Centro educativo. Empiezo a preparar el curso y la impresora del claustro lleva semanas sin usar, así que no hay papel suficiente. Frase automática: “menudo desastre, siempre igual”. Informa, sí, pero no mueve.

Casa. Presupuesto de septiembre: libros, zapatillas, comedor. Frase reflejo: “no llegamos”. Verdadera, pero poco operativa.

Adolescencia. Horarios de entreno y academias que se pisan. Frase típica: “se acabó lo bueno”. Expresa pena; abre poco.

Tres preguntas que abren margen

  1. ¿Qué haría esto un 10% más llevadero? No se pide épica, se busca un ajuste. En el centro: preparo hoy en digital y aviso de la falta de papel o lo busco. En casa: priorizo lo imprescindible (zapatillas) y pospongo lo sustituible. En adolescencia: fijamos un día a la semana para vernos una hora, aunque no cuadre todo.
  2. ¿Qué sí depende de mí en la próxima hora? La queja mira lejos; la pregunta acorta. En el centro: envío un correo de cinco líneas con lo imprescindible para la reunión y cierro. En casa: comparo dos tiendas y elijo una, sin abrir veinte pestañas. En adolescencia: “¿Jueves 18:00, banco de la plaza?” en vez de rumiación silenciosa.
  3. ¿Qué no necesito hoy? Soltar también es elegir. En el centro: no necesito perfeccionar la rúbrica, solo una versión útil. En casa: no necesito discutir el color de la mochila; necesito que resista. En adolescencia: no necesito estar en todas las actividades; conviene asegurar una que me haga bien.

Gratitud concreta

No tapa el problema; equilibra. Funciona si es real, específica y pequeña. Tres ejemplos de esta semana:

— Seis minutos de contemplación en silencio antes de salir.
— Un “compi, me alegra verte” al coincidir en el pasillo.
— Un mensaje de una madre: “gracias por responder sin prisa”.

Con nombrarlo alcanza. No hace falta convertirlo en eslogan. Es una piedra firme en mitad del barro.

Cuidar cómo nos dirigimos a los demás

Más allá de lo que pensamos, importa cómo lo decimos. Algunas pautas sencillas que voy a intentar poner en práctica para que la vuelta no escale en tensión:

Evitar el juicio rápido. En lugar de “cada año igual con las reuniones”, probar con: “entiendo que estáis ajustando; ¿podéis avisarnos con el mayor margen posible?”

Reconocer lo que sí hay. “Gracias por sostener la logística en casa estos días; se nota cuando por la mañana todo está en su sitio.”

Proponer un primer paso viable. “Si hoy dejamos las cosas preparadas y adelantamos el descanso media hora, mañana comprobamos si la salida va más tranquila.”

Cuatro escenas aterrizadas

Profe. Antes: “no me da la vida”. Ahora: “hoy cierro evaluación inicial y primeras sesiones; el resto, mañana”. Paso visible: lista de tres puntos y un correo claro. Gratitud: una risa en el aula al probar una dinámica.

Familia. Antes: “esto es un dineral”. Ahora: tabla sencilla de prioridades (imprescindible/posponible), compra en un solo sitio y listo. Paso visible: revisar armario con la criatura y anotar tallas reales. Gratitud: merienda en la mesa sin pantallas.

Adolescencia. Antes: “ya no quedaremos”. Ahora: plan concreto (jueves 18:00, pista del cole). Si no sale, llamada de diez minutos a la persona importante. Gratitud: un mensaje que pregunta “¿cómo estás de verdad?”.

Un ritual breve (2 minutos)

  1. Respirar 20 segundos y bajar la prisa.
  2. Escribir una pregunta (10%, lo que depende de mí, lo que suelto).
  3. Nombrar una gratitud concreta.
  4. Hacer un paso visible (correo, lista corta, mensaje).

Ayer mismo iba a salir el “qué pereza de reuniones”. Paré, escribí: “¿qué haría esto un 10% más llevadero?” Respuesta: entrar con propuestas concretas y salir con acuerdos cerrados. Gratitud: reflexión sobre la suerte de poder dedicarme a lo que me dedico. Sin milagros, solo redirección del pensamiento.

Quedémonos con el paso pequeño que transforma la queja en movimiento y el ánimo en algo más habitable.

Respiremos.

El mero hecho de estar vivos es un milagro en sí. Así que entiende como que septiembre no pide perfección; pide suavizar el arranque: una pregunta, una gratitud, un paso. Si te sirve, pruébalo hasta el domingo. Si no, suéltalo sin culpa; habrá otras llaves.

Pregunta abierta: ¿Qué conversación de esta semana mejoraría si te concedieras 30 segundos antes de responder? ¿Cuál será tu pregunta de bolsillo hasta el domingo?

Gracias por leer, con tiza, corazón… y preguntas.


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