Esta mañana escuchaba a una influencer docente que, tras una reunión con la coordinación de un examen estatal, resumía una idea vieja con disfraz nuevo: más materia, el mismo tiempo. Decía que no sabía cómo pretendían los dirigentes que lo hiciéramos posible. Y añadía que, por el bien de su alumnado, le tocaría esforzarse aún más para facilitarles la tarea.
Y aquí me salió la espina: si el sistema está mal, ¿por qué contribuimos a que funcione? Con el sobreesfuerzo de una persona —“por el bien de un tercero”— damos cabida a que se siga legislando en contra de los verdaderos intereses de la gente. No es cuestión de a quién benefician unas u otras decisiones; es que, una y otra vez en la historia, hubo personas y grupos que lo pasaron mal, no por obedecer, sino por mantenerse en sus trece. Se jugaron el puesto, el plato de comida, incluso la integridad. Y gracias a esa terquedad justa, cambiaron sistemas, sociedades y morales. No vamos a romantizar. Esas personas lo debieron pasar como el culo, recibiendo «tortazos» por todos lados. Pero confío también en que muchas de esas personas supieron vivieron en paz consigo mismas en medio de la tormenta: por sostener su palabra.
El fin de semana pasado lo hablaba con un amigo: quien inicia cambios contracorriente suele ser quien más sufre al principio. Después, otras personas se benefician de esos pasos. Así que, si legislan “más temario en menos tiempo”, contesto: no, señor. Impartiré lo relevante para el aprendizaje de un futuro ciudadano con voz y voto. Independientemente de ideologías y dogmas. ¿“Perjudica” esta decisión a ese futuro ciudadano? Puede cambiar de instituto cuando quiera. También me pueden despedir a mí si se tercia. Y aun así, se puede vivir en paz sin estar de acuerdo con el sistema. La paz no está fuera, en el ruido; está dentro, en la mente y el corazón. Aunque cueste recordarlo entre scroll, prisa y desinformación.
Quienes se quedaron en pie
No hace falta idealizar. Basta mirar con rigor a algunas historias que nos sostienen el pulso.
Rosa Parks y el boicot de Montgomery (1955–56). La negativa de Parks a ceder su asiento no fue un gesto aislado, sino parte de una corriente donde ya habían resistido Claudette Colvin o Mary Louise Smith. Aquel boicot organizado culminó en Browder v. Gayle (1956), la sentencia federal que declaró inconstitucional la segregación en los autobuses de Montgomery. Un sistema empujaba; un grupo terco y valiente se plantó… y se movió la ley.
(https://prologue.blogs.archives.gov/2015/11/30/the-montgomery-bus-boycott/)
La Institución Libre de Enseñanza (1876–1939). En la España de la Restauración, Francisco Giner de los Ríos y otros docentes expulsados por defender la libertad de cátedra se negaron a plegarse al dogma y crearon un espacio laico y autónomo para enseñar desde la ciencia y la ética. No ganaron comodidad; ganaron coherencia, y durante décadas irradiaron una renovación pedagógica que todavía hoy nos alcanza.
(https://www.britannica.com/topic/liberalism | https://eric.ed.gov/?id=ED138600 )
Ignaz Semmelweis (1847 en adelante). Propuso algo tan sencillo como lavarse las manos con soluciones cloradas para evitar la fiebre puerperal. Le respondieron con burlas y rechazo. Aun así, insistió en la evidencia: la mortalidad caía en picado cuando se aplicaban sus medidas. Él pagó un precio alto; la medicina, con el tiempo, le dio la razón y cambió su práctica para siempre.
(https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC11568873/)
No eran héroes de cartón; fueron personas con miedo, dudas y límites que no soltaron la cuerda de lo que consideraban justo, auténtico, necesario.
Cuando el “más” rompe el aprendizaje
Pedir más contenido en el mismo tiempo no es solo una injusticia laboral: choca con cómo aprendemos. La teoría de la carga cognitiva lleva décadas mostrando que, si sobrecargamos la memoria de trabajo, aprendemos peor. No es ideología: es arquitectura de la mente. Enseñar menos y mejor —con andamiajes, práctica deliberada, evaluación formativa— no es rebajar; es hacer posible el aprendizaje.
Mi postura en el aula
Mi compromiso, entonces, es claro: enseñar lo que creo, porque me informo, que de verdad importa para la vida cívica y humana de quien aprende. Hacerlo con rigor, sin dogmas, con espacio para pensar y equivocarse en voz alta. Sostener calma cuando el sistema empuja, para que mi alumnado no confunda ruido con profundidad. ¿Habrá coste? Probablemente. ¿Habrá paz? También. Porque la paz de fondo no depende del decreto del mes, sino de la coherencia con la que ponemos el cuerpo en lo que creemos.
Una brújula para empezar el curso
Si hoy sientes que vas contracorriente, quizá sea buena señal: puede que estés defendiendo tiempos humanos frente a prisas ajenas. A mí me basta con esta brújula mínima: verdad, respeto, profundidad, cuidado. Y la voluntad de no delegar mi criterio.
Preguntas para seguir pensando:
— ¿Qué es esencial en tu materia para formar a una persona con voz y voto?
— ¿Dónde estás sobreesforzándote para tapar decisiones ajenas que no compartes?
— ¿Qué frontera sana puedes marcar este trimestre para proteger el aprendizaje?
Gracias por leer. Con tiza, corazón… y preguntas.

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