Cuentan que un anciano de una tribu se sentó junto al fuego con su nieto y le dijo: “Dentro de cada persona hay dos lobos que luchan sin descanso. Uno representa la ira, el orgullo, la envidia, la autocompasión, la mentira, la soberbia. El otro encarna la paz, la bondad, la esperanza, la generosidad, la verdad, el respeto. Cada día pelean con fuerza dentro de nosotros”. El niño, intrigado, preguntó: “¿Y cuál de los dos gana?”. El anciano sonrió, miró las llamas un instante y respondió: “El que alimentas”.
Elegir con qué nutrirte
Puede parecer una historia lejana, pero habla de lo que hacemos a diario. Porque cada acción es alimento. Cada palabra que pronuncias, cada pensamiento que sostienes, cada compañía que eliges, suma o resta fuerza a uno de esos lobos. Cuando decides tratarte con ternura en lugar de juzgarte con dureza, das alimento al lobo de la calma. Cuando eliges amistades que te apoyan en lugar de hundirte, fortaleces al lobo de la esperanza. Pero si te dejas arrastrar por la rabia o te rodeas de quienes no te valoran, el lobo oscuro crece.
En la adolescencia, la sensación de que todo es reversible, de que los errores no pesan tanto, está muy presente. Y en parte es verdad: equivocarse es legítimo, caerse es natural, probar caminos equivocados es parte de aprender. Pero incluso entonces, lo que haces deja huella. Cada gesto alimenta algo dentro de ti, y con los años esos lobos dejan de ser figuras abstractas: se convierten en carácter, en hábitos, en forma de mirar la vida.
Lo que ocupa espacio
Imagina un tarro vacío. Si lo llenas primero de sal, de esas partículas diminutas que representan lo trivial, ya no quedará espacio para las nueces, que simbolizan lo importante. Pero si empiezas por las nueces —tu bienestar, tu respeto, tu compañía sana, tus valores— todavía cabrán después las pipas y la sal. Así funciona también el interior: si lo llenas solo de distracciones, quejas, comparaciones o cosas sin peso, no quedará hueco para lo que de verdad te construye.
Por eso no es indiferente qué lugar ocupa cada cosa en tu día. No es lo mismo dedicar tu tiempo primero a lo esencial —cuidar tu cuerpo, escuchar tu mente, elegir amistades que te sumen— que perderlo en lo que no deja rastro más allá del momento. La diferencia está en el orden, en la prioridad, en el lugar que das a cada alimento.
Sembrar con intención
No se trata de vivir buscando la perfección, ni de tener todas las respuestas ya. Nadie espera eso de ti, y sería injusto exigirlo. Pero sí importa la intención. Que incluso en tus tropiezos haya un hilo de consciencia: ¿esto me acerca o me aleja de la persona que quiero ser? Porque cada decisión es semilla. Y las semillas, aunque pequeñas e invisibles, con el tiempo se convierten en raíces, en troncos, en bosques. Hoy eliges casi sin darte cuenta, pero esas elecciones van moldeando la historia de mañana.
Y aquí está la clave: cuando sabes qué lobo quieres alimentar, es más fácil distinguir qué gestos, qué palabras y qué compañías merecen tu energía. Empiezas a caminar con una brújula más clara, incluso en medio del ruido y la duda.
Preguntas que quedan
¿Qué lobo estás alimentando hoy con tus gestos cotidianos? ¿Qué ocupa más espacio en tu tarro interior: las nueces de lo esencial o la sal de lo trivial? Y si miras con honestidad, ¿qué semillas estás sembrando que mañana formarán tu bosque?
Gracias por leer. Con tiza, corazón… y preguntas.

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