Sigo aprendiendo a no creerme más que nadie.
A dejar de confundir el deseo de inspirar con la necesidad de corregir.
A mirar sin moldear.
Hace unos días, en una excursión, hablé con dos antiguas alumnas. Ahora están en cuarto. Fueron parte de mi tutoría el curso pasado y, sin saberlo, me siguen enseñando cosas.
Hablamos de la huelga por Palestina. Les conté que, aunque respeto que ejerzan su derecho, me duele ver cómo muchos adolescentes lo usan solo como excusa para faltar a clase. Lo dije con calma, sin sermón. Pero una de ellas me respondió algo así como:
—Ya sabemos que nos juzgas.
Y ahí, algo se movió dentro.
Porque no era cierto. Pero entendí por qué lo sintieron así.
La tentación de corregirlo todo
A veces tengo la sensación de que mi oficio —y mi vocación— me empujan a querer modelar al mundo. A veces incluso creo, con buena intención, que puedo hacerlo.
Que mi papel es ayudar a los demás a “ver lo que no ven”.
Y sin embargo, me doy cuenta de que ese impulso también nace del ego. De una forma suave, casi invisible, de sentirme “por encima”. Como si mi visión fuera más clara. Como si acompañar significara tener siempre razón.
Durante años he confundido enseñar con enderezar.
Y hace poco que he empezado a ver que, enseñar de verdad, es mirar sin corregir cada paso.
No quiero clones, quiero encuentros
Y es que a veces podría parecer que busco crear pequeñas versiones de mí: adolescentes que piensen, sientan o reaccionen “como yo”. Pero no.
De hecho, llevo ya un tiempo luchando contra eso.
No quiero “mini yos”.
Quiero personas libres. Personas que me contradigan, que me cuestionen, que piensen distinto.
Porque solo así también me ayudan a crecer.
Pero, más importante todavía, porque creo que así podrán tener una vida más digna, propia, auténtica.
Ahora veo que mi tarea —si es que tengo alguna— no es propagar mi fuego, sino alumbrar una pequeña zona.
Ser vela, no antorcha.
Y si alguien se acerca y prende su propia llama, que lo ilumine a su manera, en su tiempo, con su luz.
La presencia sin juicio
He aprendido que el juicio, incluso cuando se disfraza de buena intención, pesa.
Y que estar presente no es opinar siempre, sino escuchar más y mejor.
Mirar con curiosidad, no con exigencia.
Agradecer el vínculo y no intervenir siempre, aunque duela verles tropezar.
El otro día, al hablar con ellas, sentí esa mezcla de cariño y frustración.
Y luego, en el coche, comprendí algo más profundo: que mi presencia puede acompañar sin condicionar. Que puedo ofrecer calma sin pretender ser ejemplo. Aunque sea difícil para mí. Lo merecen.
Ser vela, no fuego
No sé si algún día dejaré de sentir esa pulsión por corregir. Tal vez no.
Pero sí quiero seguir recordando que iluminar no es dominar.
Que acompañar no es dirigir.
Y que, al final, lo más honesto que puedo ofrecer no son respuestas, sino presencia, escucha, comprensión, compañía.
Quizá eso baste: estar.
Encender una luz pequeña.
Y confiar en que quien camina a mi lado encontrará, tarde o temprano, su propio modo de brillar.
Gracias por leer.
Con tiza, corazón… y preguntas.

Deja un comentario