Estamos en ese punto del curso en el que todo empieza a mostrar su verdadero color. Ya no es septiembre, ya no hay novedad. Las primeras pruebas aparecen y, con ellas, los primeros contrastes.
Algunos se lo toman en serio desde el principio. Otros siguen un poco a la deriva. Los hay que van bien porque siempre han tenido cabeza o hábito, y los hay que empiezan a perderse otra vez, sin entender muy bien por qué.
Y es que a veces el cambio no tiene que ver con los contenidos, sino con todo lo que se mueve por dentro. El salto de edad, la presión del grupo, lo que pasa en casa, una desmotivación silenciosa. Cosas que no se ven, pero pesan.
Entre la autoexigencia y el pasotismo
Cada octubre se dibuja el mismo mapa: en un extremo, quienes se exigen demasiado; en el otro, quienes parecen no exigirse nada.
Y ambos polos cansan.
Los primeros viven con el nudo en el estómago, con miedo a no llegar o a fallar. Los segundos se protegen con una especie de desinterés que en realidad suele esconder inseguridad o falta de rumbo.
Pero lo que más cuesta es encontrar el equilibrio. Ese punto medio donde haces lo que toca, sin dejarte la piel; donde te tomas en serio tus responsabilidades, pero también te permites descansar sin culpa.
Donde el esfuerzo no es un castigo, sino una forma de respeto hacia ti mismo.
Hábitos que sostienen, no que agotan
No hay secreto milagroso. Lo que marca la diferencia suele ser lo más sencillo: los hábitos.
Tener horarios, estudiar un poco cada día, evitar dejarlo todo para el final. No porque sea fácil, sino porque libera.
Cuando el estudio se convierte en rutina, deja de ser una amenaza. Y el cerebro lo agradece: se adapta, se entrena, crece.
El hábito no es una cadena. Es una estructura que te sostiene cuando la motivación falla.
Por eso, ahora que el curso empieza a ponerse en marcha de verdad, es buen momento para ordenar el día a día: definir horas de estudio, de descanso, de ocio real. No llenar el tiempo, sino aprender a habitarlo.
Lo que también cuenta (y no sale en las notas)
A veces no es el estudio lo que más cuesta, sino todo lo que lo rodea: las pantallas, el sueño, el ruido de casa, las emociones que no sabes colocar.
Hay quien tiene apoyo constante, y quien carga con más de lo que debería. Quien llega a clase despejado, y quien llega con la cabeza en otra parte.
Por eso el rendimiento nunca cuenta toda la historia.
También hay que cuidar lo que no se ve:
- Dormir lo suficiente.
- Comer bien.
- Salir un rato, hablar con gente de verdad.
- Desconectar del móvil antes de dormir.
El cerebro necesita silencio tanto como ejercicio. La calma también entrena.
Aprender a sostenerse
Octubre es un mes de ajustes. De darse cuenta de cómo llegas y qué te falta. De empezar a hacer pequeños cambios que luego marcan el curso entero.
Si este inicio te está costando, no es el fin del mundo. Solo significa que estás en ese punto en el que toca afinar. Donde pasas de sobrevivir a organizarte, de improvisar a construir.
Y si te está yendo bien, aprovecha para consolidar. Para no confiarte. Para mantener lo que te está funcionando sin exigirte más de la cuenta.
Porque en ambos casos, la clave es la misma: constancia sin castigo. Responsabilidad sin miedo. Esfuerzo con humanidad.
Así que te invito a reflexionar….
¿Estás encontrando tu propio ritmo o sigues corriendo al de los demás?
¿Qué pequeño cambio podrías hacer esta semana para cuidarte mientras haces lo que toca?
Gracias por quedarte un rato.
Con tiza, corazón… y preguntas.

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