Palabras que acompañan

Reflexiones desde la tutoría, con el corazón puesto en el alumnado, la familia y la vida.

Mirarnos para cuidarnos

Dos mochilas apoyadas en un banco de un patio escolar vacío, con otras mochilas dispersas al fondo. Imagen simbólica sobre la convivencia y la importancia del acompañamiento en la escuela.

Introducción

En el instituto pasan cosas que no caben en una rúbrica. Hay días en que una broma deja frío el estómago, una mirada aparta a alguien medio metro del resto, una risa hace que otro no quiera levantar la mano. No suele haber grandes escenas; el daño, muchas veces, se cocina a fuego lento.

Este texto no busca recetas ni titulares. Solo una invitación honesta: mirarnos. Preguntarnos si lo que hacemos —o lo que dejamos de hacer— pone a las personas en el centro. Si, al acabar la jornada, alguien se va a casa sintiéndose menos humano porque el grupo no supo verle.

Lo que hace humano un aula

Ser persona entre personas es frágil. Un aula se vuelve humana cuando lo primero no es tener razón, sino reconocer al otro. No hace falta teorizarlo mucho: se nota en el clima. Se nota en cómo escuchamos, en cómo reparamos cuando herimos, en si el ingenio vale más que la dignidad o si pasa al revés.

A veces decimos “solo era una broma”. Pero el límite de la broma no lo marca quien la cuenta, sino quien la recibe. Ahí aparece la responsabilidad adulta y también la del grupo: sostener el freno cuando haga falta, no para apagar la chispa, sino para que nadie se convierta en el chiste permanente de nadie. Lo contrario va dejando grietas: quien participa menos, quien evita el pasillo, quien cambia de sitio para pasar desapercibido. Si miramos con calma, esas señales están.

El peso del silencio

Casi nadie agrede; muchos callan. Y el silencio multiplica el daño. No hace falta épica para cambiarlo, solo un desplazamiento pequeño: pasar de espectadores a presencias. A veces es sentarte a su lado. O decir “no me hace gracia”. O acompañar a hablar con una persona adulta. No es heroísmo: es humanidad en voz baja.

Como comunidad educativa, cuesta asumirlo porque todos vamos con prisas. A ratos sentimos que no damos más de sí. Pero justo ahí se decide el tejido: cuando elegimos ver y llegar a tiempo a lo pequeño.

Cuando ya dolió

Hay días en que llegamos tarde. Entonces, más que castigos ejemplares, hace falta cuidar bien: escuchar sin juicio, proteger mientras entendemos qué ha pasado, nombrar el daño sin espectáculo, reparar lo que se pueda y acompañar lo que necesita tiempo. A veces el dolor no se ve; pesa por dentro. Dar espacio para contarlo ya es parte del cuidado.

Una mención necesaria: Sandra

En estos días resuena el nombre de Sandra —una adolescente andaluza cuya muerte ha sacudido a tantas personas—. No entraré en detalles ni hipótesis. Basta con nombrarla con respeto y reconocer que nos interpela como comunidad —familias, profesorado, compañeros, instituciones—. Un recordatorio sobrio de lo esencial: cuidar antes, mirar de frente y no dejar sola a ninguna persona cuando duele.

Y la tecnología… solo como espejo

Las pantallas suelen amplificar lo que ya hay. Si el clima cuida, el daño tiene menos recorrido. Si no cuida, se cuela por todas partes. Conviene hablarlo, sí, pero sin confundir el altavoz con la voz. El trabajo de fondo sigue siendo humano.

Cierre

No tenemos soluciones mágicas. Tenemos, eso sí, la posibilidad de estar. De dejar claro que aquí nadie sobra. De reparar cuando nos equivocamos. De elegir todos los días entre la ocurrencia brillante o la dignidad de quien tenemos delante. No cambia el mundo de golpe, pero cambia el día de alguien. A veces, eso basta.

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Gracias por quedarte un rato conmigo. Si hoy duele, quédate en este mundo: no estás solo/a. Busca ayuda.


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