Ha empezado un curso nuevo. <<¿No me digas? No me había dado cuenta…>> diréis algunos/as.
Y como me suele pasar, sobrepienso. Este vez, además, bastante removido de casa.
El caso es que llevo años con lecturas sobre psicología, filosofía y autoayuda -entre otras cosas, claro-. Y, llamadme como queráis, pero intento llevarme un poco de todo eso a mi tutoría.
Y lo que me obsesiona este inicio de curso es el ayudar a mi alumnado a ser más consciente de quién es (A), quien quiere ser(B), y qué esta haciendo para ir desde A a B.
No me malinterpretéis… esta idea ha estado presente en todos los cursos previos. Es solo que este año estoy especialmente enfocado en ello.
Y pensando -de más- en este tema, esta semana he preparado una tutoría sobre la importancia de tomar consciencia de que no todo lo que queremos lo elegimos libremente.
A su edad -y cualquier otra, en realidad- puede parecer contradictorio, ¿no?
Si quiero algo, será porque me gusta. Si hago algo todos los días, será porque he decidido hacerlo. Si dedico tiempo, esfuerzo o dinero a algo, será porque para mí merece la pena.
Pues quizá sí.
Pero no tiene por qué, necesariamente.
Nuestros gustos, nuestras costumbres, nuestras inseguridades, nuestras aspiraciones e incluso muchas de las ideas que tenemos sobre cómo deberíamos ser tienen una historia.
A ver, que es de lógica, nadie nace pensando que necesita determinadas zapatillas.
Ni creyendo que su cuerpo debería tener una forma concreta.
Nadie nace preocupado por tener seguidores, abdominales, una determinada nota media o el corte de pelo que se lleva ese año.
Tampoco sintiendo que debe estar disponible inmediatamente cuando recibe un mensaje.
Nadie nace pensando que quedarse un sábado en casa significa estar desperdiciando su juventud.
No. Todo eso… lo vamos aprendiendo.
De nuestra familia. De nuestros amigos. De las personas que admiramos. De quienes nos rechazaron. De nuestros éxitos y nuestros fracasos. De la publicidad. De las películas. De las redes sociales y sus «influencers». De la cultura en la que hemos crecido, vamos.
Y de repetir.
Repetir una conducta suficientes veces consigue que un día dejemos de preguntarnos por qué la hacemos.
Y simplemente la hacemos.
¿Quién decidió que había que «arreglarse»?
¿Salto sustancial a otro tema? No lo creo…
Porque junto a la reflexión sobre de dónde elegimos, viene necesariamente el análisis de por qué le decimos «arreglarnos» a prepararnos para «salir». Al menos para mi, que soy el obseso que está escribiendo sobre esto.
Aunque la palabra suele significar reparar algo, corregirlo, conseguir que deje de estar mal…
Decimos con absoluta normalidad:
—Espera, que todavía tengo que arreglarme.
O cualquiera de las versiones de esta expresión.
¿Pero qué tenemos roto?
Puede significar ducharse, vestirse, peinarse, maquillarse, afeitarse, elegir ropa, ponerse perfume o cualquiera de las innumerables cosas que hacemos antes de salir de casa -o la habitación- al mundo.
No hay absolutamente nada malo en ello. O sí. Depende. La palabra favorita de quienes estudiamos ingenierías…
Quizá alguien disfruta maquillándose. Quizá otra persona disfruta entrenando hasta conseguir un cuerpo musculado. Alguien puede dedicar muchísimo tiempo al fútbol porque pocas cosas le hacen sentirse tan vivo o viva. Otro puede escoger durante media hora qué ropa ponerse porque para él la estética es una forma de creatividad.
El problema no está necesariamente en lo que hacemos. Qué va.
La pregunta interesante es desde dónde lo hacemos.
Por ejemplo, imagina dos personas que tardan exactamente treinta minutos cada mañana en prepararse para salir de casa.
Una disfruta haciéndolo. Juega con su imagen. Experimenta. Si mañana nadie pudiera ver a esa persona, probablemente seguiría haciéndolo.
La otra siente que no puede salir de casa de otra manera. Se mira y piensa que su cara, su pelo o su cuerpo necesitan ser corregidos antes de poder exponerse a ojos ajenos.
La conducta exterior es prácticamente idéntica.
La experiencia interior no tiene nada que ver. Absolutamente nada.
Y quizá ahí empieza una pregunta que merece la pena hacernos de vez en cuando:
¿Lo hago porque lo quiero o porque he aprendido que debería quererlo?
En realidad, con cuanta más frecuencia… más consciencia.
Toda elección tiene una factura
Esta es otra idea que he querido transmitir hoy en tutoría.
Casi todo lo que hacemos tiene un precio.
Y no hablo solamente de dinero.
Pagamos con tiempo.
Pagamos con atención.
Pagamos con energía.
A veces pagamos con salud.
Y siempre pagamos con algo mucho más difícil de ver: todo aquello que dejamos de hacer mientras estamos haciendo otra cosa.
Treinta minutos parecen poca cosa… Venga, matemáticas…
Treinta minutos al día son más de 180 horas al año. Siete días y medio. Una semana…
Y esto no convierte en absurdo aquello a lo que dediquemos esas horas.
Quizá 180 horas jugando con tu hijo sean una de las mejores inversiones de tu vida.
Quizá 7 días y medio enteros al año entrenando te hagan sentir fuerte, sano y orgullosa de ti misma.
Quizá una semana completa del año viendo películas sean 180 horas maravillosamente disfrutadas.
La cuestión no es contabilizar obsesivamente cada minuto para convertir la vida en una hoja de Excel. -Aunque algunos lo tengamos hecho por hobby…-
La cuestión es otra:
si algo va a recibir 180 horas de mi vida este año, quizá merece que alguna vez me pregunte si quiero dárselas.
Porque el precio no termina ahí.
Dos horas viendo vídeos significan dos horas de entretenimiento.
Pero también significan dos horas en las que no has aprendido a cocinar, no has leído, no has entrenado, no has hablado con alguien, no has salido a caminar, no has construido algo, no has aprendido un idioma, no has dormido o simplemente no te has aburrido mirando al techo -que también es necesario de vez en cuando, dice la ciencia-.
Eso es el coste de oportunidad.
Pero todavía queda otro coste porque…
También nos convertimos en aquello que practicamos
Cuando dedicamos cientos o miles de horas a algo no solamente estamos dejando de hacer otras cosas.
Estamos entrenando determinadas capacidades.
Quien pasa años jugando al fútbol aprende muchísimo más que fútbol.
Entrena coordinación, resistencia, anticipación, tolerancia a la frustración, lectura del juego, cooperación o competitividad.
Quien toca un instrumento desarrolla otras capacidades.
Quien lee durante años desarrolla otras.
Quien construye cosas con las manos, otras.
Quien conversa, discute y escucha también está entrenando algo.
Quien scrollea infinitamente, otras…
Y quizá por eso deberíamos hacernos una pregunta especialmente incómoda respecto a algunas de nuestras costumbres actuales:
¿Qué estoy entrenando mientras hago esto?
Y su compañera:
¿Qué estoy dejando de entrenar?
No porque todo momento de nuestra vida tenga que producir algo. El ocio no necesita justificar su existencia.
Perder el tiempo conscientemente puede ser una manera extraordinaria de emplearlo.
Reír durante dos horas con unos amigos probablemente no aparezca en ningún manual de productividad y, sin embargo, puede ser exactamente donde querías -o necesitabas- estar.
La diferencia vuelve a estar en una palabra:
conscientemente.
El problema no es TikTok
Sería muy cómodo convertir todo esto en una crítica a las redes sociales.
TikTok, Instagram, YouTube, los videojuegos o cualquier otra plataforma son objetivos demasiado fáciles.
Pero hacerlo sería engañarnos.
También podemos entregar nuestra vida inconscientemente al gimnasio.
Al fútbol.
Al trabajo.
A los estudios.
A nuestra imagen.
A conseguir dinero.
A agradar a los demás.
A sacar dieces.
A tener siempre planes.
A ser productivos.
Incluso actividades socialmente admiradas pueden ocupar un espacio que nunca decidimos darles.
Una persona puede estudiar cuatro horas todos los días porque tiene un proyecto que le ilusiona. Otra puede hacerlo porque siente que sacar un siete demostraría que no es suficientemente buena.
Desde fuera vemos lo mismo: alguien estudiando.
Pero otra vez aparece la pregunta:
¿Quién está decidiendo?
¿De dónde viene lo que quiero?
Con todo lo escrito hasta ahora, creo que esta pregunta es más interesante que intentar dividir nuestros hábitos entre buenos y malos.
¿Por qué quiero esto?
¿Desde cuándo?
¿Quién me enseñó que era importante?
¿Seguiría queriéndolo si nadie pudiera verlo?
¿Lo haría si mis amigos dejaran de hacerlo?
¿Lo elegiría si no pudiera enseñarlo en redes?
¿Lo deseo o temo lo que ocurriría si no lo tuviera?
¿Me gusta realmente o me gusta sentir que encajo?
No hay que obsesionarse buscando una supuesta versión pura de nosotros mismos.
Probablemente no exista. Y si existe, nos lleve toda la vida encontrarla.
El caso es que somos el resultado de miles de influencias. ¿No?
Nuestra familia nos ha influido.
Nuestros profesores nos han influido.
Nuestros amigos nos influyen.
Las personas de las que nos enamoramos nos influyen.
Los libros que leemos.
La música que escuchamos.
Los lugares en los que vivimos.
Los algoritmos.
Las heridas.
Las oportunidades.
Todo deja alguna huella.
Y ojo, eso no implica que nuestros deseos sean falsos per se.
Solamente significa que nuestros deseos tienen historia.
Y creo que conocer esa historia nos permite hacer algo interesante con ellos:
volver a examinarlos.
Volver a elegir
Esa poda neuronal que caracteriza a la adolescencia creo que tiene ver con esto.
Durante muchos años recibimos instrucciones.
Esto está bien.
Esto está mal.
Así debes comportarte.
Esto debería gustarte.
Esto significa triunfar.
Esto significa fracasar.
Así debería ser tu cuerpo.
Así debería ser una pareja.
Así debería ser un hombre.
Así debería ser una mujer.
Así debería ser una vida buena.
En algún momento podemos empezar a coger cada una de esas ideas y ponerla encima de la mesa.
No necesariamente para rechazarla.
Sino para mirarla.
Para preguntarnos de dónde vino. Qué nos aporta. Qué nos cuesta. Y decidir si queremos conservarla.
Puede que después de cuestionarlo todo acabemos exactamente en el mismo sitio.
Quizá descubra que sí quiero entrenar cinco días por semana.
Que me encanta maquillarme.
Que quiero dedicar buena parte de mi vida al fútbol.
Que disfruto dos horas diarias jugando a videojuegos.
Que quiero ganar mucho dinero.
Que quiero sacar buenas notas.
Perfecto.
Pero ahora existe una diferencia.
Antes simplemente estaba allí.
Ahora lo he elegido.
Y eso, estoy convencido, es una parte importante de la libertad.
No hacer lo que nos dé la gana. Porque también puede ser obedecer a un impulso, a una inseguridad, a una costumbre o a un algoritmo.
Ser libres creo que tiene más que ver con detenernos de vez en cuando y preguntarnos:
¿Lo quiero?
¿De dónde viene?
¿Qué me cuesta?
¿Me compensa?
¿Lo sigo eligiendo?
Porque no todo lo que queremos lo elegimos nosotros.
Pero podemos aprender a observarlo.
Podemos cuestionarlo.
Y, después, elegir de nuevo.
Gracias por quedarte un rato -larguico- conmigo. 🫂
Con pausa, oído y corazón.
Iván 🩵